"Cuando se hace la historia de un animal, es inútil e imposible tratar de elegir entre el oficio del naturalista y el del compilador: es necesario recoger en una única forma del saber todo lo que ha sido visto y oído, todo lo que ha sido relatado por la naturaleza o por los hombres, por el lenguaje del mundo, de las tradiciones o de los poetas".

Michel Foucault-Las palabras y las cosas


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lunes, 5 de octubre de 2026

YETAPÁ GRANDE (Gubernetes yetapa): CON LA COLA AL VIENTO

 

Alex Mouchard

 

“La cola de esta especie es extremadamente alargada y profundamente bifurcada, siendo las dos plumas exteriores las más largas y las otras disminuyendo rápidamente en longitud. Incluso cuando el pájaro está quieto, esta larga cola lo hace muy llamativo, pero cuando está vivo y en movimiento, hace de la cola un apéndice muy ornamental, levantándola para que caiga como las plumas de la cola de un gallo, y permitiendo que los largos penachos se agiten con gracia en la brisa”.

(Wood, 1885)

 


Scissor Tail -  Gubernetes forficatus

 Dibujo de William Swainson. (Jardine, 1833)



Las isla Apipé Grande es un enclave argentino en aguas paraguayas del río Paraná. Con sus  27.700 ha ofrece una variedad de ambientes isleños interesantes como selva ribereña, pajonales, depresiones con cañaverales, madrejones con vegetación palustre y lomadas arenosas cubiertas de isletas de bosque. Recorriendo el camino entre San Antonio y Colonia Uriburu pasé por un pastizal inundable donde crecían aislados algunos arbustos y a unos 500 m lo rodeaban formaciones de bosque ribereño, ya scontra la costa del río Paraná . Desde lejos ví que se acercaba volando una pareja de notables pájaros con sus largas colas flameando al viento. Se posaron cerca, en cables del tendido eléctrico,  e inicaron una extraña danza en medio de ásperas y estridentes vocalizaciones. Uno de ellos ejecutaba reverencias sacudiendo las alas mientras que el otro elevaba las alas extendidas hacia arriba. Parecía una proclamación territorial ejecutada con decisión y arrogancia, sin tomar en cuenta lo arriesgado que resultaba exponerse ante posibles depredadores. Se trataba de una pareja de yetapá grande, un ave de la familia de los tiránidos, la misma a la que pertenecen sus más famosos parientes: benteveos y tijeretas.

 

Pero a 10.000 km y 210 años de distancia se desarrollaban otros sucesos que habrían de involucrar a esta misma especie.

 

LA EXPEDICION

El 1º de abril de 1816 partía de Brest (Francia) la fragata L’Hermione con destino a Rio de Janeiro. A bordo se encontraba Charles Emmanuel de Montmorency, Duque de Luxemburgo,  embajador extraordinario francés ante la corte imperial portuguesa, radicada  en Brasil, tras huir de la invasión napoleónica. Este duque tenía la misión de recibir de los neerlandeses la devolución de la colonia de Guyana, de acuerdo con el tratado franco-portugués firmado en  Viena el año anterior (Straube, 2012).



      Charles Emmanuel Sigismond de Montmorency-Luxembourg, duc de Piney-Luxembourg.

Litografía por François Le Villain, circa 1800-1825. National Portrait Gallery, London. https://www.npg.org.uk/collections/search/portrait/mw73109/Charles-Emmanuel-Sigismond-de-Montmorency-Luxembourg-duc-de-Piney-Luxembourg



Como solía ocurrir en esa época, se aprovechaban estos viajes oficiales para enviar naturalistas para que, además de incrementar el conocimiento científico, investigaran los variados productos minerales, vegetales y animales de América, a fin de evaluar su posible explotación comercial.  En esta ocasión el botánico del Museo Real de Historia Natural de París, Auguste de Saint-Hilaire, solicitó al Duque de Luxemburgo, amigo de su familia,  permiso para participar del viaje, lo que le fue concedido porque además iba avalado por los profesores del Museo, quienes habrían de recibir el material obtenido durante la expedición.  Lo acompañaba el zoólogo Pierre Antoine Delalande, naturalista de 29 años de edad,  ayudante préparador en el Museo,  persona considerada y modesta, y  un colector hábil, metodico y dedicado que siempre realizaba una detallada inspección de sus ejemplares y, de ser posible,  los acompañaba de los correspondientes esqueletos.

Durante el viaje hicieron tres paradas: en Lisboa, Madeira y Tenerife, aunque resultaron demasiado cortas como para estudiar la naturaleza circundante. El 1º de junio de 1816 llegaron a destino y enseguida comenzaron a colectar juntos en Río de Janeiro y en sus alrededores (Papavero, 1971). Al poco tiempo Delalande debió regresar a Francia, acompañando nuevamente al embajador, según estaba previsto desde un principio. En cambio,  Saint Hilaire decidió permanecer en Brasil y se quedó durante seis años realizando varios viajes, especialmente por Minas Gerais y alcanzando el Río de la Plata. 

Delalande “no había podido extender sus investigaciones más allá del área alrededor de Río de Janeiro” (Saint-Hilaire, 1830).  Al parecer coleccionó en las selvas del Corcovado y llegó hasta la Serra dos Orgãos. Pese a que Saint Hilaire señalaba: “En los alrededores de Río de Janeiro, los cazadores, y probablemente también los coleccionistas, han reducido significativamente el número de aves y cuadrúpedos: ya no se encuentran monos, y hay muy pocos loros y tucanes” (Saint-Hilaire, 1830), Delalande logró llevar a Francia una nutrida e interesante colección, incluyendo aves, mamíferos, peces  e invertebrados (Varley, 1956; Papavero, 1971).


Casa que habitó el Duque de Luxemburgo durante su estadía en Río de Janeiro

 y que quizás también albergó a los naturalistas de la expedición

 (Saint-Hilaire, 1830).



Sant Hilaire así se expresó sobre la partida de Delalande y sobre las dificultades que enfrentaban los colectores: “Me entristeció ver partir a Europa al Sr. Delalande, mi compañero de viaje; este incansable naturalista era prácticamente irremplazable. Sin embargo, deseando que su partida de Brasil pasara más desapercibida para los zoólogos, durante mi estancia en Ubá comencé a recolectar insectos, aves y pequeños cuadrúpedos. Hasta mi regreso a Francia, dediqué a ampliar mis colecciones de animales todo el tiempo que me quedaba libre de mis observaciones botánicas. Desafortunadamente, me vi obstaculizado por las dificultades del transporte, la extrema humedad y un sinfín de otros problemas, cuyos detalles excederían el alcance de esta introducción” (Saint-Hilaire, 1824).

No quedan claros los motivos por los cuales Delalande no se quedó con Saint Hilaire. Quizás no gozaba de buena salud porque durante sus viajes “tanta fatiga y trabajo habían dañado su salud” (Saint-Hilaire, 1830).  Quizás quería asegurarse la  custodia de sus colecciones hasta Paris. De todas formas Saint Hilaire lo reemplazó por el preparador Yves Prégent, quien habría de enfermar y morir durante el viaje,  en São João del Rei (Minas Gerais).


Selva virgen en Río Bonito (Río de Janeiro) hacia 1816/1818.

Dibujo de Charles Othon Frédéric Jean-Baptiste, conde de Clarac, quien acompañó  en el viaje al Duque de Luxemburgo.

(Musée du Louvre / Thierry Le Mage) https://collections.louvre.fr/en/ark:/53355/cl020513320



 La notable variedad de aves recolectadas por Delalande, una vez llegadas al Museo, fueron estudiadas por  Louis Pierre Vieillot (Azevedo, 1955). El grupo que más  parece haber interesado a Delalande fue el de los picaflores, y de sus ejemplares Vieillot describió una docena de especies, incluyendo el picaflor negro (Florisuga fusca), el hermoso colibrí de copete rojo (Stephanoxis lalandi), nombrado en honor de nuestro personaje,  y la espectacular coqueta magnífica (Lophornis magnificus) (Oliveira Pinto, 1979). Otros ornitólogos describieron más aves nuevas, ellos fueron Charles Henri Frédéric Dumont de Sainte-Croix, Barón Nöel Frédéric Armand André de Lafresnaye, Coenraad Jacob Temminck y René Primevère Lesson.

 


Gubernetes Cunninghami

Dibujo de James De Carle Sowerby (Such, 1825-1826)


 

EL YETAPA

En su breve estadía en Brasil Delalande llegó en sus recorridas hasta Sumidouro (Serra dos Orgãos), y al atravesar la región que se extiende entre la bahía de Guanabara y dicha sierra,  probablemente  capturó allí al extraordinario tiránido que motiva nuestra nota. Aún hoy en día se lo puede encontrar en esa zona, incluso cerca de lugares muy poblados como los alrededores de Saracuruna (https://ebird.org). Lo cierto es que su colección de ejemplares incluido el yetapa grande arribaron junto con él a París y fueron estudiados por Vieillot (Vieillot, 1819) que describió al yetapá con el nombre de Tyran Bellot, y en latín, Tyrannus bellulus, es decir “tirano lindo”). No advirtió Vieillot (1818) que ya había descripto a esta misma especie en base a la obra del ineludible Félix de Azara (1802),  quién lo llamó Yiperú porque “así le llaman algunos Guaranís, y otros Yetapá (Tixera), aludiendo a que para suspender el vuelo abre mucho y cierra la cola, que es muy larga”.  Azara señalaba que habita “las albercas y sus inmediaciones en familias”, que se posa “en los juncos y arbolitos” y que baja “al suelo por lombrices e insectos, que también pilla al vuelo si le pasan inmediatos”.  También indicó que canta con fecuencia con silbidos poco variados y que suelen pelear por las presas que atrapan.

En su manuscrito Azara comentaba: “Siempre he visto esta avecilla en número de dos, 3, o 4 a lo más, en los juncos o pajas de los bañados. Vuela poco y vive de insectos volantes, según infiero de haberla visto hacer sus salidas y caracoles cortos para coger su presa, que vio anticipadamente. Aunque en todas partes se hallan insectos, no sale esta ave a buscarlos fuera del bañado. Jamás he visto que esta ave pare en árbol, ni en el suelo, ni en el agua, es común, aunque no abundante” (Scavone Yegros, 2022).

Al verlos en grupos los consideró sociable como los Tordos (ictéridos) y lo incluyó entre éstos y no entre los Colas Raras donde agrupaba a los otros yetapáes.

Comos  veremos a continuación  no es mucha la información que aportaron los distintos naturalistas de fines del siglo XIX y principios del XX  sobre el comportamiento de esta especie.  Así Ernest White (1882) encontró una pareja en un gran estero en Itapuá (Misiones) y observó que “vuelan en pareja cerca del suelo con un movimiento ondulante, posándose en una gramínea alta”. Sólo les escuchó una única nota en vuelo o poco antes de lanzarse a volar, y determinó que sólo comían hormigas.



Muscicapa longicauda

Dibujo de Matthias Schmidt (Spix, 1824-1825)



William Foster (Chubb, 1910) lo colectó en Sapucay (Paraguay) entre 1902 y 1904: “Su hábitat favorito son los terrenos pantanosos rodeados de bosques, donde haya bundante vida insectil … la percha usual es algunos de los árboles bajos del bañado. Generalmente se lo encuentra en parejas todo el año, y nunca lo vi en grandes números. Su alimento consiste en insectos, capturados en vuelo … El nido es construido en una mata densa y apretada de gramíneas palustres, y la puesta completa es de tres huevos”. Foster consideraba que éste era el veradero güira yetapa de los guaraníes, ya que la tijereta (Tyrannus savana) es migratoria y no se la encuentra todo el año.

En Las Palmas (Chaco) Alexander Wetmore (1926) vio un grupo de tres pasando sobre la sabana abierta “con vuelo recto, algo inclinado y las colas ondulando. Su llamada era una nota áspera que puede representarse como un rut rut”.

Hans Krieg (1959) observó el extraño comportamiento defensivo de dejarse caer desde su percha en el tetapá grande:  “en vuelo, siempre se dejaba caer en picado desde el arbusto alto en el que suele posarse en las estepas húmedas y herbáceas,  y luego permanecía inmóvil y muy difícil de encontrar, con la cabeza hacia abajo y las largas plumas de la cola, parecidas a pastos, apuntando verticalmente hacia arriba. Este comportamiento también puede interpretarse como un caso especial de ocultarse, como encontramos como último recurso en otras aves. Ofrece mejor protección contra las aves rapaces que huir volando”.

 

Con respto al despliegue que observé y que parece ser una proclamación territorial, Ricardo Belmonte-Lopes lo describe así: “Entonces, los individuos balanceaban el cuerpo y la cola longitudinalmente, batiendo las alas y emitiendo una vocalización propia de esta exhibición; mantenían la cabeza erguida para luego bajar súbitamente el cuerpo, acompañando el movimiento con un chasquido del pico y un aleteo. Junto con estos movimientos corporales, tanto el macho como la hembra batían las alas a frecuencias diferentes: el macho lo hacía con mayor rapidez, sin extenderlas siempre por completo, mientras que la hembra realizaba aleteos más lentos, extendiendo las alas totalmente” (Belmonte-Lopes, 2008).

 


 

TIJERAS Y LEYENDAS

 

Como relató Azara los guaraníes llamaban a todo pájaro de cola larga güira-yetapá, de güira, ave, y yetapa, tijera. Obviamente antes de la conquista española los indígenas desconocían las tijeras pero adaptaron a ellas una palabra que ya existía. La raíz etáb, cortar, y su reflexivo yeetá, cortarse, dieron yeetapáb = tijeras (Fernandes de Mello, 1879).

En el portugués brasileño otros nombres que se le dan al yetapá grande se refieren a su larga cola de tijera: tesoura do campo (tijera del campo) y tesoura do brejo (tijera del pantano).

Con respecto a yiperú, el nombre que le dio Azara, parece derivar de ye pe ru =  esquinado o desviado,  y podría referirse a  su forma de volar en diagonal, debido a la acción del viento sobre su cola larga (Fernandes de Mello, 1879, y ver más arriba la observación de Wetmore).

Los guaraníes no tenían una leyenda que se aplicara especialmente al yetapá grande, pero sí a los yetapáes en forma genérica. En  una leyenda, recogida por Fernando Laprovitta, el dios Tupã determinó que al morir una persona las almas subieran al cielo mediante unas alas invisibles que el dios les enviaba con unos mensajeros. Una vez que el ñeʼã  o alma llegaba al cielo, Tupã con esas alas creaba un ave que tenía las mismas costumbres que el finado.

En un campo rodeado de montes y altos pastos, cerca de un río, hábitat propicio para el yetapá grande, vivía una chica junto a su madre enferma. La joven trabajaba como costurera a la vez que cuidaba a su madre, pero ésta, a pesar de la atención, finalmente murió y la hija cayó  en la depresión y la tristeza y también falleció. Entonces Tupâ condujo su alma al cielo y creó con ella un ave de colores modestos, como el yetapá, para concordar con la sencillez de la chica. Sólo una cosa le pidió ella, que le diera una tijera para recordar su anterior vida de costurera, y el dios le dio una tijera de plumas, en forma de larga cola. En este relato se destaca la falta de contención social, concepto que provendría de fuentes europeas a través de la influencia jesuita. Esta contención, que sí tenían los guaraníes, se daba en el ámbito de la tekohá, el espacio sagrado donde se desarrollaba la vida social y se conservaba la lengua, el folklore y  la memoria de los antepasados (Laprovitta, 2016).

 

 

 

Retrato de Pierre Antoine Delalande, hacia 1821.

Bibliothèques d'Université Paris Cité.
https://www.biusante.parisdescartes.fr/histmed/image?impharma_fi010x039




SU VIAJE MÁS FAMOSO

Pierre Antoine (François en su partida de nacimiento) Delalande nació en Versalles (Francia) el 27 de marzo de 1787. Era hijo de Michel Adrien Alexis Delalande, taxidermista del Museo de Historia Natural de París, y desde muy joven aprendió el oficio junto a sus padre en esa institución. Se formó también como pintor de animales con Jean-Baptiste Berré en el Jardín des Plantes. Fue asistente del zoólogo Geoffroy Saint-Hilaire lo acompañó en 1808 a Portugal, donde a impulos de la invasión napoleónica realizaron una criticada apropiación de los materiales llevados al Museu d’Ajuda (Lisboa, Portugal) por el naturalista brasileño Alexandre Rodrigues Ferreira a fines del siglo XVIII. En honor a la verdad esos ejemplares, además de estar mal conservados, nunca habían sido estudiados por los naturalistas portugueses. El botín llevado al Museo de París incluía 1507 mamíferos, aves e insectos, 2855 plantas secas y 25 cajas con otros especímenes vegetales (Lamy  et al., 2016).

 El viaje más famosos de Delalande fue el que realizó al sur de África donde, junto al hijo de su hermana Joséphine, Jules Verraux, de apenas 12 años (!), realizaron tres expediciones entre noviembre de 1818 y septiembre de 1820, recorriendo buena parte de las costas de la actual Sudáfrica. De regreso llevó al Museo 13.405 especímenes zoológicos, entre ellos un esqueleto completo de ballena, jirafas, 2205 aves (de 280 especies) y restos humanos. También llevó una colección de minerales, insectos y un gran herbario (Prevost & Balteau, 1933). En el proceso de conseguir el esqueleto de un rinoceronte, Delalande  cayó de su caballo y sufrió una grave lesión en la cabeza y una fractura de clavícula, pero sin embargo obtuvo el ejemplar, lo que habla de su tenacidad (McCleland, 2024). Al regreso publicó un diario de su viaje (Précis d'un voyage au Cap de Bonne-Espérance, 1822).

Delalande falleció el 27 de julio de 1823, con apenas 36 años de edad, debido a “la cruel enfermedad que había contraído bajo cielos abrasadores y en la atmósfera fétida que se vio obligado a respirar al diseccionar una ballena de veinticuatro metros y medio varada en la costa del Cabo, un hipopótamo enorme en las marismas del río Berg y un rinoceronte de dos cuernos a orillas del río Great Fish” (de Berneaud, 1825).



Le Plumet Bleu ou L'oiseau-Mouche Delalande [Stephanoxis lalandi]

 (Lesson, 1832).



Entre otras especies que se le han dedicado podemos mencionar al mosquitero (Corythopis delalandi) y al colibrí de copete rojo (Stephanoxis lalandi). Al dedicarle esta última especie Vieillot escribió estas palabras: “Nuestro agradecimiento al Sr. Delalande hijo, un sentimiento que los ornitólogos compartirán, nos ha llevado a dedicarle de alguna manera la magnífica ave que nos ocupa, dándole el nombre de este estimable y celoso naturalista, a quien debemos el conocimiento de esta especie, así como de muchas otras que ha traído recientemente de Brasil y que eran desconocidas hasta entonces”( Vieillot, 1818b) .

 



-Azara, Félix de. 1802. Apuntamientos para la Historia Natural de los Páxaros del Paraguay y Río de la Plata. 3 tomos. Madrid, Imprenta de la Viuda de Ibarra.

-Azevedo, Fernando de. 1955. As ciências no Brasil. 2 volúmenes. Edições Melhoramentos, 811 páginas.

-Belmonte-Lopes, Ricardo. 2008.  Biologia e Comportamento da Tesoura-Do-Brejo (Gubernetes Yetapa, Aves: Tyrannidae) em uma área aberta antropizada.  Monografia de conclusão de curso para a disciplina Estágio em Zoologia - Curso de Ciências Biológicas da Universidade Federal do Paraná, Curitiba.

-de Berneaud, Thiébaut. 1825. Antoîne-Pierre Delalande. Mémoires de la Société Linnéene de Paris, Tome Troisième. Paris, Secrétariat de la Société Linnéenne.

-Chubb, Charles. 1910. On the Birds of Paraguay. —Part IV. The Ibis. Ninth Series. Nº 16. October 1910.
-Delalande, P. 1822. Précis d’un Voyage au Cap De Bonne-Espérance, fait par ordre du Gouvernement; lu à l’Académie Royale des Sciences en sa séance du 16 juillet 1821.
 Suivi des Rapports de Mm. les Professeurs Administrateurs du Jardin du Roi, et à l’Académie Royale des Sciences. Paris: Imprimerie de A. Belin.

-Fernandes de Mello, Tancredo. 1879. Vocabulário das Palavras Guaranis usadas pelo Traductor da «Conquista Espiritual» do Padre A. Ruiz de Montoya. En Annaes da Bibliothéca Nacional  do Rio de Janero. Volume VII. Rio de Janeiro, Typographia Nacional.

-https://www.biodiversitylibrary.org/

-Krieg, Hans. 1959. Tierpsychologische Beobachtungen in Sudamerika. Veröffentlichungen der Zoologischen Staatssammlung München, 1:1959.

-Jardine, William. 1838. The naturalist's library. Vol. 13. Edinburgh, W. H. Lizars.

-Lamy, Denis; Pignal, Marc; Sarthou, v & Romaniuc-Neto, Sergio. 2016. Auguste De Saint-Hilaire (1779-1853) (Un botaniste français au Brésil (Auguste de Saint-Hilaire (1779-1853): um botânico francês no Brasil). Publications scientifiques du Muséum, Muséum National d'Histoire Naturelle, Paris.

-Laprovitta, Fernando. 2016. Guyra: Reminiscencias míticas desde la fauna guaraní. Primera Edición. Corrientes: El Argos.

-Lesson, René-Primevère. 1832. Les trochilidées ou, Les colibris et les oiseaux-mouches. Paris, A. Bertrand.

-McCleland,  Dean. 2024.   Port Elizabeth of Yore: Delalande – the Naturalist versus Hudson, the Diarist. https://thecasualobserver.co.za/port-elizabeth-of-yore-delalande-the-naturalist-versus-hudson-the-diarist/

-Oliveira Pinto, Olivério Mário de. 1979. A ornitologia do Brasil através das idades (século XVI a século XIX). Brasiliensia Docuemnta XIII. Sao Paulo.

-Papavero, Nelson. 1971. Essays on the History of Neotropical Dipterology. Vo. I. Museu de Zoologia. Universidade de Sao Paulo,  Sao Paulo.

-Prevost, M. & Balteau, J. 1933. Dictionnaire de Biographie Française.  Paris : Letouzey et Ané.

-Saint-Hilaire, Auguste de. 1824. Histoire des Plantes les plus remarquables du Brésil et du Paraguay comprenant leur description, et des dissertations sur leurs rapports, leurs usages, etc. Tome premier. Paris, A. Belin.

-Saint-Hilaire, Auguste de. 1830. Voyage dans les provinces de Rio de Janeiro et de Minas Geraes. Première Partie. Tome Premier. Paris: Grimhert et Dorez.

-Scavone Yegros, Sebastián. 2022. Jiperu. Editorial AZETA S.A. https://www.abc.com.py/ciencia/2022/09/15/jiperu/

-Spix, J.B. 1824-1825.  Avium species novae, quas in itinere per Brasiliam annis MDCCCXVII-MDCCCXX jussu et auspiciis Maximiliani Josephi I Bavariae Regis suscepto collegit et descripsit.. Monachii :Typis Francisci Seraphi Hübschmanni.

-Straube, Fernando C. 2012. Ruínas e urubus: história da ornitologia no Paraná. Período de Natterer, 1 (1820 a 1834). Curitiba, Pr: Hori Consultoria Ambiental.

-Such, George. 1825-1826. Descriptions of some hitherto uncharacterized Brazilian Birds. The Zoological journal, 2(5-8)

-Varley, D. H. 1956. Pierre-Antoine Delalande, naturalist, and his Cape visit, 1818-1820. Quarterly Bulletin of the South African Library,  Vol. 11(1): 6-10.

-Vieillot,L. P. 1818. Nouveau dictionnaire d'histoire naturelle, appliquée aux arts, à l'agriculture, à l'économie rurale et domestique, à la médecine, etc. Tome 21. Paris, Chez Deterville.

-Vieillot,L. P. 1818b. Nouveau dictionnaire d'histoire naturelle, appliquée aux arts, à l'agriculture, à l'économie rurale et domestique, à la médecine, etc. Tome 23. Paris, Chez Deterville.

-Vieillot,L. P. 1819. Nouveau dictionnaire d'histoire naturelle, appliquée aux arts, à l'agriculture, à l'économie rurale et domestique, à la médecine, etc. Tome 35. Paris, Chez Deterville.

-Wetmore, A. 1926. Observations on the Birds of Argentina, Paraguay, Uruguay,  and Chile. Bulletin 133. Smithsonian Institution. Washington,

-White, E. W. 1882. Notes on Birds collected in the Argentine Republic. Proceedings of the Zoological Society of London, 1882.

-Wood, John George. 1885. Animate creation; popular edition of "Our living world" a natural history. Vol II. New York, S. Hess.


lunes, 15 de diciembre de 2025

EL YAGUARETÉ SEGÚN ANTONIO SEPP

 

Yaguareté hembra con cachorros

Acuarela de Paul Magne de la Croix

(Parodi R 1937. Fauna Argentina I. Mamíferos. Editorial Casa Jacobo Peuser, Ltda. 255 pp)





Por nuestros campos, o más bien dilatadísimas estancias, cubiertas todo el año con un hermoso pasto, alto y tupido, pobladas con miles de reses, hay bandadas enteras de crueles tigres, los cuales persiguen principalmente los terneros, por ser su carne más tierna y por ser más fácil esta presa. Cuando quiere el tigre cazar un buey, le salta al lomo, le muerde con sus agudos dientes el pescuezo, mete allí sus uñas y despedaza al toro, el cual, herido de muerte, brama lastimosamente. Con los terneros tiene menos trabajo la fiera; se acerca a ellos, cuando descansan en el pasto, cautelosamente, atrapa la cabeza de ellos y la arranca, y chupa la sangre por la herida, lo que le gusta más que todo. Asalta también a los hombres, con predilección a los pobres indios, cuando hacen sus viajes con el Padre. Para defenderse contra la fiera, forman ellos un círculo, tendidos o parados, y colocan al Padre en el medio. Después forman otro círculo más afuera, por medio de trozos de madera y los encienden para detener de este modo la fiera sanguinaria; pues no teme más que el fuego.

Por esto, cuando acontece que por la negligencia de esta buena gente se apaga el fuego, entonces salta el tigre por la ceniza caliente y los despedaza cruelmente; así sucedió a mi pesar a uno de los que me habían acompañado desde Buenos Aires al Yapeyú. Hace poco que el sacristancito del Padre Böhm se había apartado de noche un poco de su choza, cuando le asaltó el tigre y le desgarró lastimosamente, y al parecer de todos, fué milagro que no le mató.

Otro día vino un tigre a la choza de un Indio casualmente ausente con su mujer, allí dentro estaban juntos sus hijitos jugando; entró el tigre y se colocó en medio entre estos angelitos inocentes, tan manso como si hubiera olvidado su crueldad; los niñitos, al verlo, no se espantaron tampoco, como si se tratara de su perro, comenzaron a jugar con él golpeándole la cabeza, lo que gustó tanto a la fiera que meneaba la cola haciendo cariños a los niñitos; después se fué tranquilamente sin hacerles el menor daño, no habiendo vuelto todavía el indio, el cual seguramente hubiera tratado de otro modo a este huésped importuno, pues es notable la prontitud con que esta gente sabe matar aun al tigre más fiero, con tal éste no los asalte de improviso.

Sucedió también un día, que uno de nuestros Hermanos Coadjutores, entrando a la huerta con un bastón en la mano, fue asaltado de un tigre que había brincado sobre la muralla. El Hermano se defendió como pudo; la fiera quiso acercársele ahora por la derecha, ahora por la izquierda para tomarle por la espalda, ahora brincando arriba quiso asaltarle de frente con sus garras; el Hermano, valiente siempre, se defendía hábilmente con su palo en la mano contra todos los ataques de su enemigo, hasta que la fiera, cansada ya, vomitando espuma por la boca, se retiró y dejó victorioso al Hermano.

 

(Leonardt, Carlos. 1924. El padre Antonio Sepp S. J., insigne misionero de las reducciones guaraníticas del Paraguay (1691-1733). Estudios, noviembre 1924. Buenos Aires)

 

 

Joseph Anton Sepp (1655-1733) fue un jesuita tirolés que tuvo una cuidada educación musical, integró el Coro de Niños de la Corte Imperial de Viena y tocaba varios instrumentos como clavicordio, trompeta, órgano y viola. En 1691 llegó a Buenos Aires de paso a su destino en la misión de Yapeyú (Corrientes), donde ejerció y enseñó multitud de oficios y creó un conservatorio musical. Trabajó en otras misiones de Paraguay, Brasil y Argentina y falleció en San José (Argentina).

 

Fue pionero de la metalurgia del hierro y desarrolló la viticultura y el cultivo del algodón, maíz, yerba, y tabaco.

 

 

viernes, 28 de febrero de 2025

LA AGACHONA CHICA (Thinocorus rumicivorus): El AVE QUE FASCINÓ A DARWIN

 

Alex Mouchard

 

 

Salas y Gómez, calvo peñasco,

salta en la marea del Pacífico de pronto,

sin una hierba, sin siquiera musgo,

zócalo duro por el sol roído,

del pueblo de los pájaros reposo

en el henchido seno que respira.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

mas yo escalé de frente

aquel peldaño de roca pura.

Las aves, al peligro inocentes, se apartaban apenas,

estiraban el cuello, se asombraban.

 

Adelbert von Chamisso – “Salas y Gómez” (1823)

 

 

En parte chorlo, en parte perdiz y en parte paloma, la agachona chica (Thinocorus rumicivorus), con su modesto aspecto, fue capaz de fascinar al mismísimo Charles Darwin durante su viaje por Sudamérica.

 

 


  Thinocorus rumicivorus. El macho de lado y a la hembra de frente.

Dibujo de E. Bomer (Eschscholtz, 1829-1833)

Sven Nilsson (1830) opinaba que las imágenes del Zoologischer Atlas “dejan mucho que desear en comparación con las mejores obras de la época: parece demasiado evidente que las figuras están hechas a partir de animales y aves mal disecados”.


 

UN AVE NUEVA PARA LA CIENCIA

 

A mediados de enero de 1824 atracó en el puerto de Talcahuano (Chile) la fragata rusa Predpriatie (“Empresa”) al mando del capitán Otto Von Kotzebue. Estaba cumpliendo la orden del zar Alejandro I de realizar una circunnavegación alrededor del mundo con carácter científico, pero también de protección de la Compañía Ruso Americana que operaba comercialmente en Alaska, por entonces perteneciente al imperio Ruso.

Este era el segundo viaje alrededor del mundo realizado por este experimentado marino y en esta ocasión llevaba a bordo como naturalista al profesor Johann Friedrich von Eschscholtz (ver recuadro) y como mineralogista a Heinrich Friedrich Emil Lenz. Eschscholtz ya había participado en el primer viaje de circunnavegación (1815-1818) de Kotzebue.

Una vez desembarcados, el capitán y el Dr. Eschscholtz se dirigieron cabalgando a la nueva ciudad de Concepción para entrevistarse con el presidente Ramón Saturnino Andrés Freire. Le solicitaron permiso para que los naturalistas hicieran un viaje a la Cordillera para colectar especímenes. Freire, preocupado por las últimas operaciones de la guerra de la Independencia, se negó y a cambio les otorgó una autorización para realizar excursiones bajo vigilancia por los alrededores de Talcahuano y la bahía de Concepción. Fue así que hicieron una excursión desde el puerto hasta Penco, sede de la antigua ciudad de Concepción, destruída por el terremoto de 1751.

“Las montañas que rodean este valle se elevan suavemente hasta una altura moderada y deleitan la vista por el verdor de los arbustos de los que están cubiertas. Mientras perseguíamos muchas clases de aves e insectos para mejorar nuestra colección, los marineros lanzaron una gran red y capturaron una cantidad de conchas y otros peces con los que abunda el mar en esta zona” (Kotzebue, 1830).

“Después de la comida, todo el grupo salió a cazar y en el transcurso de unas pocas horas había matado varios cientos de aves acuáticas de diversas especies. Las bandadas en las que vuelan a veces son tan numerosas que oscurecen el cielo” (Kotzebue, 1830).



Penco, a principios del s. XVIII

(Frézier, 1716)


Entre las aves capturadas, le llamó la atención a Eschscholtz una pequeña ave de plumaje muy críptico que correteaba por la costa. Comprendió que se trataba de algo novedoso dentro de los Grallatores (antiguo orden, hoy Charadriiformes, que incluye chorlos, playeros y gaviotas) ya  que se distinguía por el pico corto y de base gruesa, y por sus dedos completamente libres, sin membranas (Eschscholtz, 1829-1833). La ubicó en un nuevo género: Thinocorus, “alondra de las playas”, del griego this, thinos: montón de arena, médano, playa, y korys, la alondra (Alauda arvensis).  En efecto, estas agachonas se asemejan a las alondras por tener dorso y pecho aperdizados y el vientre blanco, además frecuentan como ellas estepas semidesérticas (Mouchard, 2019).

Titian Peale , coincidía con esta comparación: “Su vuelo es rápido y esquivo. En tierra, tienen un aspecto muy parecido al de las alondras pardas o los gorriones” (Cassin, 1858).

Por otra parte, Eschscholtz (1829-1833) agregaba: “La tierra natal de esta ave es Chile, donde se la ha encontrado en las tierras bajas arenosas y con vegetación cerca de la costa del mar en la Bahía de Concepción. Su canto es similar al del chorlito común.  En su estómago se encontraron semillas de un Polygonum y un Rumex.” Por eso le aplicó el nombre específico rumicivorus, “comedor de romaza”, del latín rumex: romaza, y voro: devorar, comer. Rumex es un género cosmopolita de hierbas poligonáceas con alrededor de cien especies, alguna de las cuales se encontraba en esa playa de Chile.

 

 


Tinochore d’Eschscholtz

Dibujo de Prêtre (Lesson, 1830-1832)



 

DARWIN Y LA AGACHONA CHICA

 

Una década después, el famoso naturalista Charles Darwin, envió una carta a su amigo y profesor de botánica,  John Stevens Henslow, escrita desde las cercanías de Montevideo el 24 de noviembre de 1832. Decía: “Hay un pobre ejemplar de ave, que a mis ojos no ornitológicos, parece ser una feliz mezcla de paloma, alondra y becasina. El propio Sr. Mac Leay nunca imaginó una criatura tan intermedia. Supongo que resultará ser algún ave bien conocida, aunque me ha desconcertado bastante” (Darwin, 1832).

Se refería a la agachona chica y al entomólogo William Sharp Mac Leay, creador de un extravagante sistema de clasificación zoológica, denominado quinarianismo.

Durante su segunda estadía en Maldonado (Uruguay), en mayo/junio de 1833,  Darwin logró cazar una de estas aves a las que denominó provisoriamente Scolopax-Perdrix. Más tarde, el 7 de septiembre de 1835, cuando el Beagle partió de Lima, escribió una reseña sobre la especie (Barlow, 1963):

“Esta ave se encuentra en todo el sur de Sudamérica, dondequiera que haya llanuras estériles áridas o pastizales abiertos y secos. En Maldonado, en la costa norte del Plata, no es infrecuente; pero en las grandes llanuras, cerca de Sierra Ventana, es abundante. La vimos en las llanuras interiores de la Patagonia meridional en Santa Cruz en Latitud 50°. En el lado occidental de las Cordilleras, en la parte más austral, donde cesan los bosques y comienza el campo abierto, en Concepción, encontramos esta ave. Se encuentra en todo Chile; y en Copiapó, frecuenta los lugares más desolados, donde difícilmente pueda existir otra criatura viviente. En sus hábitos y estructura parece emparentada con los dos géneros Scolopax y Perdrix. Se las encuentra en parejas o en pequeñas bandadas de cinco o seis; pero en las grandes llanuras cerca de [la Sierra de la] Ventana, vi hasta 30 y 40 en una bandada. Cuando se les acerca, se acuclillan cerca del suelo y es difícil distinguirlas. Cuando se alimentan, caminan bastante lentamente, con las patas bien abiertas, como las codornices. Se espolvorean en los caminos o en lugares arenosos”.

“Frecuentan lugares particulares (secos) y día tras día se las puede encontrar allí. Observé este hecho tanto en Maldonado como en Chile. Por sus hábitos de acuclillarse, a menudo se elevan inesperadamente cerca de una persona. Cuando una pareja está junta, se puede disparar a uno sin que el otro se levante. Toda la bandada siempre se eleva junta y cada ave emite un chillido como una becasina. Debido a sus largas escapulares, cuando están en vuelo, vuelan como becasinas. De ahí que todos los cazadores del Beagle las llamaran «becasinas de pico corto». Una vez que están en vuelo, la bandada generalmente vuela a cierta distancia, con un vuelo alto e irregular. Ocasionalmente las he visto remontarse, como una bandada de perdices”.

“En Maldonado abrí los estómagos de muchos ejemplares y no encontré nada más que materia vegetal; ésta consistía principalmente de trozos de una hierba gruesa como un junco; trozos de hojas de alguna otra planta y granos de cuarzo. El contenido de los intestinos y las heces son de un color verde muy brillante. En otra época del año y en otro lugar, encontré el buche lleno de pequeñas semillas y una sola hormiga. Las aves (a las que abrí) eran excesivamente gordas y con un fuerte olor desagradable a salvajina. Sin embargo, se dice que son excelentes para comer. Los perros pointer las señalan. En las llanuras al sur del Plata, me dijeron que hacen sus nidos cerca de las orillas de los lagos y ponen cinco o seis huevos blancos con manchas rojas. La cubierta de las fosas nasales es suave. Algunos de los ejemplares tienen una marca negra como una horquilla en el pecho; creo que estos son los machos. ¿La horquilla negra es como la herradura roja de la perdiz inglesa? En La Plata los españoles las llaman «avecasina»” (Darwin, 1913).

 

Darwin, que no era muy buen ornitólogo, afirmó que durante el viaje del Beagle “sólo he colectado un ave que me ha interesado mucho” (Steinheimer, 2004). Obviamente, mientras se iba desarrollando en su mente la idea de las variaciones naturales de las especies, su mayor interés era saber cómo habrían surgido estas aves que exteriormente se parecían a otras no emparentadas con ellas.

Y analizaba:

“En todos estos aspectos, en la molleja muscular adaptada a la alimentación vegetal, en el pico arqueado y las fosas nasales carnosas, las patas cortas y en la forma del pie, el Thinocorus tiene una estrecha afinidad con las codornices. Pero en cuanto se ve al ave volar, la opinión cambia: las alas largas y puntiagudas, tan diferentes de las del orden de las gallináceas, el vuelo alto e irregular y el grito lastimero que emite en el momento de elevarse, recuerdan a una becasina” (Darwin, 1838).

Con más bagaje ornitológico, John Gould, le informó que “a este género [Scolopax], o más bien al de los playeros [Familia Scolopacidae], se aproxima … por la forma de sus alas, la longitud de las escapulares, la forma de la cola, que se parece mucho a la del Actitis hypoleucos, y en el color general del plumaje” (Darwin, 1838).

Más adelante, ya bien establecida su teoría de la evolución, así opinaba Darwin del ave que tanto lo había preocupado:

“El Thinocorus está estrechamente relacionado con otras aves sudamericanas. Dos especies del género Attagis [la agachona grande y la patagónica] son en casi todos los aspectos como los tarmiganes [Lagopus] en sus hábitos: una vive en Tierra del Fuego, por encima del límite de las tierras boscosas, y la otra justo debajo de la línea de nieve en la Cordillera de Chile central ... Esta pequeña familia de aves es una de las que, por sus variadas relaciones con otras familias, aunque en la actualidad sólo ofrece dificultades al naturalista sistemático, en última instancia puede ayudar a revelar el gran esquema común a las épocas presentes y pasadas, sobre el cual se han creado los seres organizados” (Darwin, 1913).

 

 

The Seed Snipe. Thinocorus rumicivorus

Dibujo de Roland Green

(Astley, 1913)


 

AGACHONAS EN PATAGONIA

 

William Hudson, gran observador del comportamiento de los animales, relataba: “Al posarse, la agachona común deja caer su cuerpo directamente al suelo y se posa contra éste como un atajacaminos; al elevarse, se aleja de repente con un vuelo salvaje y apresurado y el agudo grito de alarma de una becasina. Se alimenta exclusivamente de vegetales. He abierto las mollejas de muchas decenas para asegurarme de que nunca comen insectos, y no he encontrado nada en ellas excepto semillas (generalmente semillas de trébol) y brotes tiernos y hojas mezcladas con diminutas partículas de grava. Estas aves habitan la Patagonia, migrando al norte a las pampas en invierno, donde llegan en abril. Por lo general, van en bandadas de unos cuarenta o cincuenta individuos y vuelan rápidamente, manteniéndose muy cerca unos de otros. Sin embargo, en el suelo, siempre están muy dispersos y son tan reacios a elevarse que permiten que una persona camine o cabalgue a través de la bandada sin levantar vuelo, y cada ave se desliza hasta un pequeño hueco en la superficie o detrás de una mata de hierba para escapar a la observación” (Sclater & Hudson, 1889).

En el oeste de Rio Negro la agachona chica es residente estival y es posible observar sus cortejos y nidos:

“A diferencia de su pariente mayor, [la agachona de collar] T. orbignyanus, no frecuenta quebradas rocosas y arroyos, sino que se encuentra en llanuras pedregosas y valles arenosos. Es muy mansa y nada desconfiada, nunca busca escapar volando, a menos que casi se la pise, y entonces vuela sólo una corta distancia, y sigue comiendo. Su alimento consiste enteramente de materia vegetal; casi todos las aves que cacé tenían los picos cubiertos de alguna sustancia pegajosa y el buche frecuentemente lleno de semillas”.

“Su llamada de vuelo es un sonido característico en los mallines desde agosto a diciembre ... El ave asciende gradualmente una corta distancia en el aire y luego desciende lentamente con las alas extendidas, emitiendo durante la primera parte del descenso unas pocas notas dulces y burbujeantes. Este despliegue lo realiza ocasionalmente en noches de luna llena”.

“El nido es simplemente un hueco rascado en la arena cerca de alguna hierba de no más de 8 cm de alto ... La hembra pasa un tiempo considerable fuera del nido, ocupada no solo en cubrir cuidadosamente los huevos con pequeñas ramitas y trozos de pasto seco, sino que además llena el espacio entre los huevos con el mismo material, de modo que aun conociendo la posición exacta del nido, era imposible notar algo, ya que la parte superior de esta cubierta se confundía totalmente con el suelo” (Peters, 1923).

En un paisaje similar Alexander Wetmore nos decía:

 “En Zapala, Neuquén, el 8 y 9 de diciembre, me encontré con la agachona chica en sus zonas de cría en las laderas de un valle abierto, muy pastoreadas, en el que había un pequeño arroyo y ocasionalmente pequeños rezumaderos o manantiales. Cuando llegué de repente a la cima de un alto barranco sobre el pequeño arroyo que drenaba el valle, un polluelo a medio crecer, que reconocí al instante como una agachona, salió corriendo con las alas abiertas y chillando bajo ... La madre se levantó a sólo unos pocos centímetros de distancia. Más adelante en el valle, los adultos eran bastante comunes, aunque eran ariscos ... El lugar tenía un suelo alcalino que mantenía escaso pasto en el cual había dispersos montículos de unos pocos centímetros de altura. Los machos de agachona descansaban tranquilamente en las cimas de estos, pareciendo a la distancia alguna rara alondra o gorrión. Cuando me acerqué, huyeron rápidamente o se agacharon y se escondieron. Cuando se les hacía levantar vuelo de repente, se elevaban con rapidez y se alejaban con rápidos zigzags, emitiendo un grito bajo y áspero. Las marcas de sus alas y su aspecto en esos momentos tenían un parecido sorprendente con los de una pequeña becasina o playero. Los machos, cuando estaban en reposo, emitían ocasionalmente un silbido lastimero con la garganta ligeramente dilatada y palpitante. Para escapar de la persecución, corrían rápidamente, con la cabeza ligeramente hacia delante como un chorlito, y cuando se alejaban de mi camino se agachaban con la cabeza y el cuello extendidos en el suelo. Cuando no se alarmaban, caminaban lentamente, con pasos cortos, a menudo cabeceando como una paloma. De vez en cuando, los machos se lanzaban hacia lo alto para dar vueltas sobre el valle. A su regreso, desplegaban las alas y descendían rápidamente, deteniendo su descenso cada pocos metros de modo que bajaban en una serie de «pasos». La actuación iba acompañada de una curiosa nota doble como risas” (Wetmore, 1926).

El ornitólogo Henry Durnford encontró su nido y pichones en el valle del río Chubut: “El nido es una ligera depresión en el suelo, a veces revestida con unas cuantas briznas de hierba; y antes de abandonarlo, el pájaro adulto cubre los huevos con pequeños palitos. Los huevos son de color gris pálido, muy densamente moteados con manchas de color chocolate claro y oscuro; tienen un aspecto pulido. El polluelo está finamente moteado por todas partes de marrón claro y oscuro” (Durnford, 1878).

En Tierra del Fuego, Robert Crawshay encontró que “esta ave es bastante común y se la encuentra en parejas aquí y allá. Su hábitat habitual es el terreno abierto, a baja altura, en lugares donde la hierba es corta y delicada. Se eleva como una alondra, con un gorjeo, se aleja de manera errática por una corta distancia, quizás 25 metros, y sin ningún intento de ocultarse, vuelve a alimentarse o permanece inmóvil, indiferente a la presencia de alguien …  quedaban alimentándose despreocupadamente a 35 metros de mí, con mi caballo pateando, moviéndose y resoplando con impaciencia” (Crawshay, 1907).

 

 


Cabeza y pata de Thinocorus rumicivorus. (Le Maout, 1853)


 

AGACHONAS EN INVIERNO

 

“Durante su estancia invernal en las pampas, la bandada siempre elige como lugar de alimentación un trozo de tierra arcillosa blancuzca, con escasa vegetación seca; y allí, cuando estas aves se agazapan inmóviles en el suelo, al que su plumaje gris se asemeja tanto en color, es muy difícil detectarlas. Si una persona se detiene cerca o en medio de la bandada, las aves delatan su presencia respondiéndose unas a otras con una variedad de notas extrañas, parecidas al arrullo de las palomas, fuertes golpeteos huecos en el suelo y otros sonidos misteriosos, que parecen venir de debajo de la tierra” (Sclater, & Hudson, 1889).

 

A fines de abril, en la laguna de Puán, al oeste de la provincia de Buenos Aires, los naturalistas de la tristemente célebre expedición a la Patagonia del general Julio Roca ya encontraban bandadas de agachonas invernando:

“El Thinocorus rumicivorus que casi parece, por la configuración de su pico y de sus patas, intermedio entre la paloma y la perdiz, se llalla siempre en sociedades de 5 a 50 individuos, durante la estación hiemal, particularmente en los lugares donde abundan yuyos
con semillas y una gramilla corta en vez de paja larga. Son animalitos mansos y confiados, que corren por la alfombra del suelo, completamente con las costumbres de la paloma. Nos acercamos y el individuo más próximo deja oír un suave silbido de alarma. Al instante todos los compañeros vecinos se dan por avisados, agazapándose momentá­neamente entre la paja; el primero se levanta emitiendo un grito particular y toda la bandada le sigue al instante, mostrando luego en el vuelo su figura particular, completamente parecida a la de los chorlitos. Generalmente no vuelan lejos; sólo dan unas cuantas vueltas y descienden otra vez a la playa vecina
” (Doering, 1881).

 

Más cerca de Buenos Aires, Henry Durnford las encontró “comunes de mayo a septiembre, y siempre en bandadas. Parece que les gustan tanto los bañados como los campos secos. Cuando se les molesta, vuelan en círculos, emitiendo un silbido bajo, y siempre se posan de cara al viento. Me recuerdan a las bandadas de Calidris arenaria [Calidris alba] cuando permanecen inmóviles en el suelo” (Durnford, 1876).

Ernesto Gibson señalaba que en los pagos de Ajó (Buenos Aires) “esta ave patagónica nos visita en invierno, llegando alrededor del 20 de marzo y partiendo a principios de septiembre. Las bandadas varían en tamaño desde media docena hasta quince o veinte; ocasionalmente incluso se pueden encontrar parejas separadas. Una curiosa combinación de las características de, digamos, un tarmigán en miniatura y un pequeño chorlo, la agachona común es muy interesante en muchos aspectos … recuerdo particularmente, en una ocasión, cuando había dejado el caballo en un sector de terreno accidentado y caminé por casualidad por el medio de un grupo. Al detenerme por completo y mirar hacia abajo, vi un ave anidando un poco más cerca en su refugio o el ojo negro de otra mirándome de reojo. Mientras tanto, extrañas notas de advertencia y excitación contenida parecían emanar de la nada y llenar el aire a mi alrededor; por lo demás, la bandada era completamente indistinguible de su entorno. El contraste entre la confiada quietud en un momento y el agudo grito de alarma y el vuelo salvaje, cuando las aves decidieron de repente emprender el vuelo, fue de lo más sorprendente” (Gibson, 1920). 

A Hermann Burmeister (1858) le resultó simpática la agachona: “Cuando ya estaba anocheciendo, escuchamos el peculiar canto de un pájaro que aún no conocíamos; sonaba como «tul-co». Los arrieros llamaban al pájaro «Gaucho» … era el Thinocorus rumicivorus, que me alegra y que es común en esa zona tan solitaria de toda la región cordillerana”.

En la alta montaña de Mendoza, en las vecindades del Aconcagua, el ave es bastante común e incluso parece criar allí según lo refiere Phillip Gosse: “Estas aves viven únicamente en terrenos húmedos y pantanosos … a menudo oía al ave volar en círculos alrededor del campamento (al menos eso me parecía a mí) en mitad de la noche y emitir un ruido parecido al croar de una rana, sólo que sin las notas ásperas. Cuando estas aves cantan, es muy difícil determinar dónde están, aunque quizás estén bastante cerca de uno todo el tiempo. Cerca del lago sobre [Puente del] Inca, encontré dos pájaros adultos, con tres pequeños, todos posados en aproximadamente un centímetro de agua” (Fitz Gerald, 1899).

 

 

 

AGACHONAS EN CHILE

 

“En Chile, la perdicita se encuentra en los llanos pedregosos, pero también en los prados y en las colinas. En el verano pasan más al sur y en el invierno se acercan al norte; entonces se reúnen en bandadas de 40 a 50 individuos para hacer el viaje en compañía. Una vez que pasó la migración se reparten en pares y sólo se ven pocos individuos en el mismo punto ... corren ligero, vuelan por distancias cortas, gritan seguido cuando se elevan, se agachan para esconderse, y se alimentan de pastos y semillas” (Albert, 1900).

“Anidan entre las piedras o en el pasto frondoso tapizando una hendidura con pastos sueltos. La hembra pone de tres a cuatro huevos de color arena con manchitas pálidas y brunas oscuras. .. Los padres se entregan por completo al cuidado de los hijuelos"(Albert, 1900).

Ambrose Lane, que colectó aves para el Museo Británico, halló agachonas en la zona desértica próxima a Tarapacá (Chile). En esa región se las conocía como “echadero (del verbo español echarse, estirarse en toda su longitud), por su hábito de tumbarse en la arena en algún pequeño hueco cuando se acerca un intruso. Una o dos veces, en las pocas ocasiones en que me encontré con ellos en Tarapacá, nos apeamos y caminamos hacia donde corrían la última vez que los vimos (aunque nunca pude ubicarlos con precisión en la arena brillante a la que tanto se parecen), pero después de caminar con cuidado y mirar de cerca, no pudimos encontrar más rastros de ellos” (Lane, 1897). Otro nombre que escuchó  fue el de “pollo de mar”, pero este era un nombre genérico que los pobladores daban a chorlos y otras aves limícolas pequeñas. Observó que “al alzar el vuelo, estas aves emiten un chillido sibilante, muy parecido al de una becasina. Cuando se alimentan, emiten sonidos burbujeantes o arrullos, como los que se pueden oír a las palomas” (Lane, 1897).

En ocasión de sus cacerías una de las agachonas quedó herida. “La curé con una pequeña operación y la guardé en una caja, parcialmente abierta y alambrada por un lado, para estudiar sus hábitos. Como estaba mudando en ese momento, cayó en tan mal estado que casi murió, pero al ser liberada de vez en cuando durante unos diez minutos en un campo se recuperó. Primero la llevé a la playa, para tratar de descubrir su comida en la arena desnuda; pero aunque la vi picotear, nunca pude decir exactamente qué picoteaba. En un jardín o campo comía pasto y varias hierbas con voracidad, pero tenía que vigilarlo con cuidado porque corría muy rápido y siempre trataba de esconderse aplastándose en algún hueco. De esta manera casi lo perdí una o dos veces, y a menudo estuve a punto de pisarlo. Poco a poco lo acostumbré a comer pan y alpiste, pero no lo hizo hasta después de algún tiempo … lo mantuve durante aproximadamente una semana en un hoyo en el jardín. Durante este tiempo, generalmente lo traía de noche y permanecía tranquilo todo el día porque no podía salir, y afortunadamente no lo robaron; mientras que como tenía un buen lugar para correr y una abundante provisión de comida, prosperó extraordinariamente bien. Nunca pareció arisco o asustado, incluso cuando lo enjaularon por primera vez, aunque constantemente picoteaba y golpeaba con su pico como para salir. Continuó más o menos con este hábito y nunca se volvió mucho más manso, ni quiso comer de la mano. Sin embargo, resultó tan interesante y se mantuvo tan fácil de cuidar que lo llevé conmigo cuando me mudé al sur, y realizó una cantidad de viajes más maravillosos de lo que jamás hubiera imaginado que le hubiera tocado a un pájaro. Aunque se las arregló bastante bien en los barcos de vapor, su posición ocasional en el traqueteante carro tirado por bueyes fue, me temo, poco envidiable; y, finalmente, me pareció aconsejable llevarlo en una pequeña caja en mi alforja hasta Río Bueno; pero ni siquiera esto lo afectó, y continuó prosperando hasta que tontamente lo confié en una jaula con un espécimen de [caburé] Glaucidium nanum, que parecía demasiado pequeño para ser peligroso. Pero el caburé se comió la cabeza de la agachona común, tras seis meses en que lo mantuve a salvo” (Lane, 1897).

 

 

Johann Friedrich von Eschscholtz, antes de 1829.

Autor desconocido.  (Eschscholtz, 1829-1833).




 

LA AGACHONA CHICA Y LAS CULTURAS

 

Con su pequeño tamaño y su coloración críptica la agachona chica no ha dejado casi huellas en las culturas indígenas ni en las criollas. Además su coloración la asimila a otras aves más conspicuas como los inambúes (martineta copetona, quiula patagónica). Hay algunas pocas referencias de sus nombres en lenguas indígenas y son palabras de origen tehuelche, algunas de las cuales han sido adoptadas por los mapuches (Malvestitti, 2009). Probablemente en la estepa patagónica la etnia tehuelche es la que tuvo mucho más contacto con esta ave.

Una de las pocas referencias la encontramos en la zona norte de Chubut, adonde las agachonas llegan en julio, en pleno invierno, y se cree que su canto anuncia el buen tiempo (Ministerio de Educación de la Provincia del Chubut, 2023).

 

 

Nombres que se le aplican en distintas regiones:

 

Chile: Perdicita o petaquita de la Cordillera, perdigón, echadero.

Argentina: Agachona chica, chorlo agachón.

Buenos Aires: Dormilona, gachita.

Córdoba: Chorlito.

Mendoza: Gaucho.

Río Negro: Corralero.

Santa Cruz: Corralera, porotera.

Mapudungun: chikok, kotriko, choküm, chikom, tüpok

Tehuelche (aonek'o ajen): t'ok'e, tepac-tepac.

 

 

 

 

LA BREVE VIDA DE JOHANN ESCHSCHOLTZ

 


Vista de Tartu, 1800. Autor desconocido.

https://www.meisterdrucke.ie/kunstwerke/1000px/Unbekannt_-_View_of_Tartu_1800_-_%28MeisterDrucke-708253%29.jpg



A fines del siglo XVIII la ciudad de Derpt o Dorpat (Imperio Ruso), actualmente Tartu (Estonia), se encontraba en plena reconstrucción tras un gran incendio que había destruido sus principales edificios, construidos en madera.  En ese lugar, rodeado de extensos bosques y numerosos lagos, nació en 1793 Johann Friedrich Gustav von Eschscholtz. Su familia de apellido original Escholtz, integraba la comunidad alemana que había recuperado su prestigio tras los años de dominación sueca.  De manera que Johann, seguramente atraído hacia las ciencias naturales por la geografía del país, pudo estudiar medicina en la Universidad Imperial, fundada por los suecos en 1632. 

Su profesor de botánica, Karl Friedrich von Ledebour, había explorado los montes Altai, en el centro de Asia, y probablemente lo habrá estimulado a realizar viajes de estudio. El caso es que ante la mala salud del profesor, a Johann le fue ofrecido el puesto de médico y naturalista en un viaje de circunnavegación a bordo de la nave Rurick, comandada por el capitán Otto von Kotzebue. Entre 1815 y 1818, realizaron un viaje para buscar un paso entre el Océano Pacífico y el Atlántico, a través del Ártico. Pasaron por Brasil, Argentina y Chile,  cruzaron el Pacífico hacia Kamchatka, y de allí a Alaska. Luego fueron a San Francisco, donde permanecieron un mes explorando los alrededores. Johann, que coleccionaba mayormente insectos,  viajaba con su gran amigo, el poeta y botánico Adelbert von Chamisso, quien le dedicó el género de la amapola de California,  Eschscholzia californica, designada como flor estatal en 1890 (Jepson, 1929).  Desde allí pasando por Hawái y otras islas del Pacífico, regresaron a San Petersburgo (Essig, 1931).

A la vuelta del viaje Johann fue designado en 1822 director del Museo de Zoología.

Desde 1823 a 1826 Eschscholtz hizo un segundo viaje con Kotzebue, a bordo del buque Predpriatie. En un recorrido similar al primer viaje llegaron por el Cabo de Hornos hasta la Bahía de Concepción en Chile, donde capturaron a la agachona chica. Después navegaron hacia el oeste, visitando la isla Otaheiti, las islas Navigator, y la isla Otdia. Llegaron a Kamchatka en la primavera de 1824 y de allí cruzaron a Sitka (Alaska) que en esa época formaba parte del Imperio Ruso y era sede de la Compañía de Comercio Ruso-Americana. Pasaron el invierno en San Francisco (California) y finalmente retornaron a Rusia, completando la vuelta al mundo (Eschscholtz, 1829-1833).

En el viaje se colectaron 28 especies de mamíferos, 165 aves, 33 anfibios, 90 peces y más de 2000 especies de vertebrados, mayormente coleópteros.   Kotzebue publicó un relato del viaje que incluía los trabajos de Chamisso y Eschscholtz. Además éste publicó Zoologischer Atlas (1829-1833), donde describió “las especies más sobresalientes”, y entre ellas, la agachona chica.

En 1830 Eschscholtz fue nombrado profesor titular de anatomía y medicina forense en la Universidad, pero al año siguiente falleció víctima del tifus, a la temprana edad de 38 años. Sus materiales fueron descriptos mayormente por otros naturalistas por lo que su nombre quedó relegado en la nomenclatura zoológica, aunque no en el caso de la agachona. Sus colecciones entomológicas se conservan en el Museo Zoológico de Moscú, y en los museos de Tartu y Helsinki (Dolezal, 1959).

 

 

 

 


 

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