"Cuando se hace la historia de un animal, es inútil e imposible tratar de elegir entre el oficio del naturalista y el del compilador: es necesario recoger en una única forma del saber todo lo que ha sido visto y oído, todo lo que ha sido relatado por la naturaleza o por los hombres, por el lenguaje del mundo, de las tradiciones o de los poetas". >Michel Foucault-Las palabras y las cosas

domingo, 22 de febrero de 2015

JOHN BELL HATCHER: UN CAZADOR DE FOSILES EN LA PATAGONIA


A veces los rondaba la miseria,
la seca, la langosta, la ceniza,
cielos bajos y oscuros,
ni pájaro ni insecto ni lagarto,
sólo ellos
y el viento ciego amurallando noches,
el viento sin misericordia, el viento.

“Cielo adverso" - Dora Battistón


Entre 1896 y 1899 la Universidad de Princeton, una de las más antiguas de EEUU,  patrocinó tres expediciones a la Patagonia austral, las que fueron programadas y ejecutadas por el paleontólogo John Bell Hatcher,  curador del Departamento de Paleontología de Vertebrados de dicha universidad.

Hatcher que era un ávido cazador de fósiles tenía como objetivo principal  visitar los yacimientos descubiertos por Carlos Ameghino y obtener una completa muestra paleontológica de los mismos. Paralelamente reunirían una importante colección de mamíferos, aves y plantas de la región.

Había tenido noticia desde 1887 de  los viajes de exploración de Ameghino y del éxito obtenido que se reflejaba en la tarea de su hermano Florentino, uno de los mayores paleontólogos de la época por la gran cantidad de fósiles que había descripto, si bien con una estratificación  incorrecta que le hizo otorgarles mayor antigüedad de la que en realidad tenían.



Restauración de la cabeza de un Pyrotherium por Bruce Horsfall. 
En Scott, William Berryman, 1913 - A History of Land Mammals in the Western Hemisphere. New York: The Macmillan Company.


En unos yacimientos  que situó en el valle del río Deseado, Carlos Ameghino había hallado restos de Pyrotherium, un gran mamífero parecido al elefante,  que Florentino atribuyó al período cretácico (en realidad eran del oligoceno, unos 30 millones de años más joven). Hatcher no pudo obtener más detalles de los Ameghino, ya sea por su pobre dominio del castellano o porque Carlos ocultaba bien sus hallazgos para evitar que se llevaran fósiles del país, aunque ellos mismos venderían en 1892 y 1895 unos 500 ejemplares de fósiles a distintos museos extranjeros. Más tarde, en 1903, Hatcher propuso a los Ameghino un viaje conjunto para aclarar las controversias sobre la datación, pero Florentino contestó que estaba muy ocupado y que podía ir Carlos si tenía tiempo, pero poco después el norteamericano falleció y el viaje nunca se hizo.


Las tres expediciones de la Universidad de Princeton se realizaron de marzo de 1896 a julio de 1897; de noviembre de 1897 a noviembre de 1898, y la tercera de diciembre de 1898 a septiembre de  1899.  Los dos primeros viajes fueron costeados por numerosos graduados y amigos de la Universidad.  El tercero lo fue exclusivamente por el propio Hatcher. En los reportes de las expediciones, editados por William B. Scott en 1902, Hatcher redactó la narrativa de de la que tomamos estas notas.



PRIMERA EXPEDICION

El 29 de febrero de 1896 Hatcher partió de  Brooklyn con su cuñado Olof  Peterson en el “Gallileo”, nombre que consideraba de buen augurio para una expedición científica. El viaje duró casi un mes hasta Buenos Aires donde lograron desembarcar mediante un certificado sanitario fraguado por el médico de a bordo. Allí se enteraron que pocos días más tarde el transporte Villarino, de la Armada Argentina, zarpaba rumbo a Santa Cruz. El vapor de casco de hierro había sido adquirido en Inglaterra como transporte de tropas y le cupo el honor de repatriar los restos del general José de San Martín. 




TRANSPORTE A.R.A. VILLARINO
http://www.histarmar.com.ar/



En el viaje pasaron por Bahía Blanca, San Blas y Puerto  Madryn, en el golfo Nuevo: “La peculiar belleza de este cuerpo de agua se enfatizaba por  la  apariencia triste, por no decir desolada de las planicies que lo rodeaban”.

En Puerto Deseado, anclaron frente a las ruinas del establecimiento fundado por España en 1790, para la extracción de aceite de lobos marinos y ballenas. En la desembocadura del río Santa Cruz “detectamos los dorsos de unos enormes objetos negros en el agua, y de pronto descubrimos que estábamos justo en el centro de una manada de ballenas, probablemente Balaena australis [la ballena franca austral Eubalaena australis], porque esta especie se sabe que frecuenta esta costa y es gregaria. Conté no menos de 14 de estos grandes monstruos  mientras retozaban en el agua cerca del barco. Frecuentemente salían a la superficie y se deslizaban con sus grandes lomos sobresaliendo del agua, y ocasionalmente podíamos ver que alguno elevaba su gran cola ahorquillada y varios metros de la parte  posterior del cuerpo en alto, luego, sumergiéndose de golpe y descendiendo aparentemente en forma vertical, desapareciendo inmediatamente bajo la superficie. No parecían alarmarse por nuestra presencia, sino que más bien parecían disfrutar de nuestra compañía, porque noté que por momentos varias de ellas tomaban posición delante del barco, donde jugaban entre ellas de la misma manera que he visto hacerlo en otras ocasiones a las marsopas,  cruzando a un lado y al otro el curso del buque con gran facilidad, manteniendo al mismo tiempo el mismo movimiento hacia delante que el barco. No suponía que las ballenas podían nadar tan rápido." 


Llegaron a Río Gallegos, la capital del territorio [actualmente provincia argentina] de Santa Cruz y se entrevistaron con el gobernador Edelmiro Mayer, un personaje de aventura, digno de una película o novela, quien había apoyado las expediciones científicas de Carlos Burmeister, Clemente Onelli y Carlos Ameghino. Durante todo el invierno trabajaron en las barrancas del río Gallegos y de la costa atlántica, utilizando una carreta tirada por caballos, arriesgando la vida en cada pleamar cuando debían retirarse rápidamente para no quedar atrapados por la marea. En Guer Aike le llamó la atención la espesa cobertura de “mata verde” (Lephydophyllum cupressiforme), un arbusto que considera el más común en esa zona de la estepa patagónica “porque a pesar de rara vez alcanzar un diámetro mayor de media pulgada o una altura de más de 1 m, gracias a la gran cantidad de materia resinosa que segrega, cuando se la usa como combustible es de gran valor, debido a su alto poder calorífico. “

Tras viajar varios kilómetros hacia el NO llegaron a una gran  depresión, de unos 100 m de profundidad y unos 15 km de diámetro, conocida como Bajo de la Leona con una pequeña laguna salada en su centro. Más allá estaba la estancia del gobernador Mayer, junto al río Coyle, donde visitaron un campamento indígena tehuelche de unos 30 habitantes, vestidos con cueros de guanaco.


ESTANCIA KILLIK AIKE
-Correa Falcón, Edelmiro A.  y Luis J. Klappenbach - La Patagonia Argentina - G. Kraft, Bs Aires.



En otra salida cruzaron el río Gallegos arribando a la estancia Killik Aike propiedad de  Herbert  S. Felton. Allí recolectaron numerosos fósiles: un interesante roedor, Pyocardia  elliptica; el ungulado Nesodon, del tamaño de un pequeño rinoceronte; Astrapotherium, otro ungulado,  y el mayor de esa fauna, Diadiaphorus, otro ungulado semejante a un caballo. En total obtuvieron 1500 kg de fósiles.

A principios de septiembre se trasladaron a  Corriguen Aike, cerca de puerto Coy, donde hallaron otro rico yacimiento de fósiles de la edad santacrucense.  “En 18 años pasados casi contantemente colectando fósiles de vertebrados, tiempo durante el cual visité los más importantes sitios del Hemisferio Occidental, nunca vi nada que se pareciera a esta localidad cercana a Corriguen Aike en riqueza de géneros, especies e individuos.” Tras un mes de trabajo el valor de la colección obtenida que alcanzaba un peso de 4 toneladas hizo que Hatcher decidiera trasladarse a Punta Arenas para supervisar el embarque de los fósiles a Nueva York, los que fueron sacados ilegalmente del país.

Cerca de Palli Aike,  lugar donde en 1937 Junius Bird descubriera una cueva de antiguos cazadores patagónicos, Hatcher sufrió un serio accidente. Al intentar destrabar una de las riendas que el caballo había pisado, recibió un golpe en la cabeza con el freno, lo que le levantó parte del cuero cabelludo causándole una importante pérdida de sangre. Lo único que tenía para detenerla era agua fría, pero no fue suficiente y la herida siguió sangrando y mojando su ropa, de modo que trató de vendarla como pudo, con pañuelos, hasta que cesó la hemorragia. Así, sin comida y herido, llegó a Ooshii Aike donde pudo abastecerse y seguir camino hasta Punta Arenas.

A su regreso decidieron realizar un viaje más extenso por el interior de la provincia, pero Hatcher tuvo un cuadro febril a causa de la herida en su cabeza la que se hinchó desmesuradamente por el edema, pese a lo cual y a no tener asistencia médica se negó a volver a Río Gallegos. Tras varios días de permanecer en un estado de delirio, durante los cuales tuvo una vívida alucinación de un viaje a Groenlandia, lugar que no conocía, finalmente empezó a mejorar aunque perdió buena parte de su pelo.

Continuaron el viaje hacia el N.O. y llegaron a una elevación de unos 800 m tras la cual se encontraron con el impactante paisaje de una amplia depresión donde la distancia se veían las aguas azules del Lago Argentino, enmarcado por los abruptos y nevados picos de la Cordillera de los Andes. Habían superado en el valle del río Santa Cruz el punto que habían alcanzado Darwin y FitzRoy, 53 años antes.

Cruzaron el río y atravesaron los campos basálticos hasta el río Sheuen o Chalia, una zona pantanosa, agravada por intensas lluvias recientes, en la que  fueron atacados por enjambres de millones de mosquitos. En este lugar vieron numerosas manadas de 60 a 200 guanacos (Lama guanicoe) y tropas de choiques (Rhea pennata) de hasta una docena de ejemplares.  Posados en los arrecifes basálticos se veían numerosos cóndores (Vultur gryphus) y “carranchas”, como llamaba a los caranchos (Caracara plancus).  Llamó también su atención un mamífero que no habían hallado al sur del río Santa Cruz, el pequeño armadillo que identificó como Tatusia hybrida.  Este nombre corresponde en realidad a la mulita, especie que no sobrepasa la latitud de Bahía Blanca, en el sur de la Provincia de Buenos Aires, y es probable que Hatcher quisiera referirse al piche patagónico (Zaedyus pichiy)  que recientemente se ha extendido al sur del río Santa Cruz. De todos modos refiere que era frecuente verlos correr por la llanura y si se los sorprendía quietos sobre el suelo, al tocarlos se enrollaban en una bola compacta. “Viven en huecos poco profundos excavados en la superficie de la pampa, y si por casualidad tiene éxito en llegar a la boca de una de estos antes de ser capturados, apoyan con fuerza los bordes serrados del caparazón contra la tierra de modo que sólo se los puede extraer con gran dificultad. En esta latitud hibernan en invierno y prefieren un suelo arenoso tibio y una ubicación protegida.”

Acamparon en el valle del río Chico, que gracias a las posibilidades de alimento y protección contra los vientos que ofrecía, mostraba una abundante fauna. “Grandes rebaños de guanacos y tropas de avestruces aparecían frecuentemente”. Muchas aves pequeñas se observaban “incluyendo el delicado y pequeño tiránido, Cyanotis rubrigaster, [tachurí sietecolores, Tachuris rubrigastra] con patas color naranja y un plumaje con muchos matices de amarillo, rojo y azul, mezclados en tal perfecta armonía como para rivalizar en belleza y variedad de colorido con las especies tropicales de picaflores. De cada arbusto y mata el chingolo, Zonotrichia capensis, podía escucharse desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche, mientras se posaba en la rama más alta. (...)  numerosas especies de lagartijas se veían corriendo rápidamente desde un arbusto o piedra a otro. La variedad y belleza de color exhibida por estos animalitos era más sorprendente que la de cualquier otra clase de animal hallado en esa  región.




CUIS CHICO
d’Orbigny, Ch. D. -1835-1847- Voyage dans l'Amérique méridionale... -P. Bertrand (Paris)
 

En Las Horquetas, en la confluencia de los ríos Belgrano y Chico, pasaron por el antiguo camino indio,  y “saltando entre los arbustos y rocas, se veían en gran número  representantes del pequeño y gris Cavia Australis  [cuis chico, Microcavia asutralis], sin cola y con aspecto de liebre. Son criaturitas muy interesantes y divertidas ya que, siempre alertas y prontas a detectar la menor señal de peligro, saltan de una  posición a otra, o se sientan erguidas sobre su grupa y roen incesantemente un trozo de hoja u otro bocado de alimento, sostenido adecuadamente con sus patas anteriores. Los lugares favoritos de estos animalitos son depresiones poco profundas en la base de los arbustos más grandes, o bajo algunas hierbas como  Bolax glebaria, [nana, Azorella trifurcata] que crece en densas y extensas masas  cespitosas sobre el suelo.”

También escuchaban el grave y subterráneo tamborileo del  tuco-tuco, Ctenomys magellanicus, muy activo a la mañana temprano y a fines de la tarde, horas durante las cuales se los oía constantemente aunque muy difíciles de observar en la superficie.  “En una ocasión, sin embargo, mientras caminaba rápidamente, sorprendí a uno de estos  animalitos en el césped a varios pies de la entrada de su cueva. La forma en que corrió sin rumbo buscando su agujero, con el hocico pegado al suelo, parecía indicar, no sólo que había perdido el rumbo y estaba confundido por el pasto, que para él tendría el aspecto de una gran selva, sino también que dependía igualmente del sentido del olfato, sino más,  que el de la vista, mientras emprendía la búsqueda de la cueva perdida.”



TUCO TUCO
Brehms Thierleben. Allgemeine Kunde des Thierreichs. Leipzig:  1883












Además de esta especie pudo observar una cantidad de otros pequeños roedores de dos o tres especies distintas, aunque de forma, color o tamaño similares. Lamentablemente, como era costumbre en los naturalistas de la época, Hatcher no dudaba en matar sin necesidad: “un carrancha vino y se posó en lo alto de un calafate tan agresivamente cerca que, sin la menor contención,  debo admitirlo, saque mi revolver de su estuche, y, sólo para no perder la mano, lo derribé muerto al suelo.”

A continuación ingresaron en el bosque patagónico, donde escucharon el canto incesante de la ratona chilena o chircán, Troglodytes musculus chilensis, que en gran número saltaban por ramas y troncos, acercándose sin el menor temor, y también el del fiofío silbón,  Elaenia albiceps, que en cambio, permanecía oculto y desconfiado. Saliendo del bosque hacia un prado se encontró sorpresivamente con tres “ciervos” [huemules,  Hippocamelus bisulcus] que pastaban en el borde del bosque.

“No hicieron el menor esfuerzo para  escapar, como lo podrían haber hecho fácilmente metiéndose en el bosque, en cambio se quedaron a una distancia no mayor de 6 metros, respondiendo a mi expresión de sorpresa con una interesada curiosidad. Por un instante me quedé admirando el bello pardo dorado de su elegante y brilloso pelaje, mientras ramoneaban los pimpollos de rosa y otros bocados elegidos del follaje cercano, o me lanzaban curiosas miradas. De repente, recordando que habíamos estado sin carne fresca para el desayuno,   deliberadamente aunque con reticencia, saqué mi revolver del estuche, y habiendo vencido por un rato el sentimiento compasivo que me había sobrevenido, necesité poca destreza para despachar uno del trió y demostrar que el hombre no es menos  brutal que otros animales. Los dos que sobrevivieron permanecieron sin alarmarse ni por el disparo fatal registrado ni por las convulsiones mortales de su compañero.”

¡Pese al remordimiento estos naturalistas eran de gatillo fácil!

Unos pequeños periquitos verdes, seguramente la cachaña, Enicognathus ferrugineus, eran muy abundantes. “En algunos lugares aparecían realmente por centenares, y eran muy alborotadores en razón de su parloteo de ásperas notas  que emitían continuamente desde lo alto de los árboles, mientras pasábamos por abajo.”

Sin mayor novedad emprendieron el regreso a Rio Gallegos donde Hatcher se enteró de la muerte de su hijo menor, acaecida seis meses antes. Indudablemente estos viajes se hacían con un gran sacrificio personal tanto por los padecimientos durante el recorrido como por el alejamiento de las familias. Sin embargo, el afán por nuevos descubrimientos superaba esos inconvenientes y en muchos casos se transformaba en una obsesión.

Como explica el mismo Hatcher: “Aquellos que tienen un verdadero amor por la naturaleza deben a veces encontrar este afecto tan fuerte como para dejarse llevar fuera de los límites de la civilización hacia algún lugar retirado donde, sin ser molestados, pueden estudiarla en su verdadera forma y libre de la influencia ambiental del hombre”.





LOS VIAJES DE CARLOS AMEGHINO





En 1886 Carlos Ameghino fue designado naturalista viajero del Museo de La Plata y en enero del año siguiente partió a bordo del “Villarino” a Santa Cruz donde exploró hasta el lago Argentino realizando importantes descubrimientos y regresando con más de 2.000 piezas de mamíferos fósiles. En  agosto de 1888 emprendió un segundo viaje por la cuenca del río Chubut. La famosa disputa entre su hermano, Florentino, y el director del Museo, Francisco Pascasio Moreno, hizo que ambos hermanos renunciaran. De modo que el próximo viaje de Carlos a la Patagonia fue financiado por su hermano con lo producido por su librería “Rivadavia”. En ese viaje (1889-1890) cruzó el alto río Deseado, costeó el río Chico y recorrió el Sehuen. Entre junio de 1890 y julio de 1891, realizó un cuarto viaje por Santa Cruz, remontando el río Gallegos.

El quinto viaje (1891- 1892) fue para explorar la zona entre el Río Gallegos y el Estrecho de Magallanes. Entre 1892 y 1894 realizó dos viajes más, y en 1894-1895 otro más por el río Deseado, golfo San Jorge, bahía Sanguinetti y Casamayor. En estos viajes habría descubierto los famosos estratos de Pyrotherium en La Flecha, Santa Cruz y en Cabeza Blanca, Chubut. Desde 1896 a 1900 realizó cinco viajes más y dos últimos entre 1901 y 1903. Algunos de estos viajes fueron contemporáneos de los de Hatcher, aunque no se mencionan encuentros entre ellos en el campo.

Además de los hallazgos sobre mamíferos, Carlos recolectó una gran colección de moluscos fósiles para establecer la cronología de las formaciones en las que trabajó y que fueron datados erróneamente por su hermano, y más tarde corregidos por William B. Scott. También recogió muchos datos etnográficos de las tribus pampas, tehuelches y araucanas,  organizó un herbario y obtuvo ejemplares paleobotánicos.





 SEGUNDA EXPEDICION

En noviembre de 1987 Hatcher inició el segundo viaje acompañado esta vez por el joven  taxidermista y ornitólogo A. E. Colburn, con el que se embarcaron en New York en el vapor de línea "Cacique”, dirigiéndose a Punta Arenas y de allí a Río Gallegos. Visitaron a las tribus tehuelches en el río Coy para obtener fotografías para el United States National Museum.



CAMPAMENTO TEHUELCHE
Scott, W. B. (Ed.) Reports of the Princeton University Expeditions to Patagonia. 1896-1899. Vol I - Princeton Un  N. J.



Luego siguieron hacia el río Santa Cruz en la búsqueda de los famosos yacimientos de Pyrotherium. Cerca de la confluencia de los ríos  Chico y Belgrano encontraron una laguna que bautizaron Swan (cisne)  debido a la abundancia de cisnes de cuello negro (Cygnus melancoryophus) y del blanco (Coscoroba coscoroba). Hatcher tuvo un encuentro con un zorro gris (Lycalopex gymnocercus):   “Atraído por mi presencia y la de mi caballo, este bello animal había dejado su refugio y, sin duda movido por la curiosidad, llego valientemente a una distancia de 9-12 metros, donde, con evidente  satisfacción por mi compañía, corría y jugaba, para mi diversión,  de la misma forma que un perro favorito.” Pero a los pocos minutos Hatcher sacó su revólver y despachó al amistoso zorro, que fue a parar a sus colecciones.

El viaje continuó por el valle del arroyo y el lago Ghio, y avanzando hacia el oeste llegaron al lago  Pueyrredón, que llamó Princeton, creyendo ser su descubridor, aunque comprobó más tarde que Ludovico von Platen, de la Comisión de Límites Argentina, ya lo había designado con aquel nombre. En este lugar Hatcher tuvo otro encuentro con un huemul, en este caso una hembra a la que no duda en liquidar para mejorar su magra dieta de carne de loycas (Sturnella loica). Para peor la hembra estaba lactando y al rato apareció un cervato y un machito de casi un año, y el cazador (aquí ya nos cuesta llamarlo naturalista), pensando en el mejor bocado que ofrecía el cervato, le disparó pero hiriendo también al añal que se interpuso en el trayecto del disparo, por lo que terminó eliminando a toda la familia. Mientras Hatcher se dedicaba a esta matanza, su compañero Colburn se encontró casualmente con Francisco P. Moreno quien se encontraba trabajando con la Comisión de Límites.



HUEMUL

Proceedings of the Zoological Society.Vol 61. 1899


Tras una búsqueda infructuosa se dirigieron al Lago  Buenos Aires, donde tampoco pudieron hallar los yacimientos celosamente salvaguardados por los Ameghino. Atravesando una de las mesetas observó un guanaco que en un mal salto había caído de lado en un pequeño barranco. “Aunque aún vivo, ya estaba rodeado de una cantidad de carranchas y unos 5 ó 6 cóndores. Uno de estos (...) ya había hecho un agujero a través de la cavidad abdominal, y estaba sumamente ocupado separando una porción de los  intestinos del impotente, pero aún vivo, guanaco. Al acercarme las aves se alejaron, y pronto descubrí que, como siempre, los carranchas habían sido los primeros en detectar el infortunio padecido por la bestia, porque ya el ojo había sido arrancado del lado de la cabeza que había quedado hacia arriba, aunque la lengua aún estaba intacta.” Digamos, a favor de Hatcher, que su revólver esta vez sirvió para ahorrar sufrimientos a la víctima.



CAMPAMENTO DE HATCHER JUNTO AL LAGO BUENOS AIRES
Scott, W. B. (Ed.) Reports of the Princeton University Expeditions to Patagonia. 1896-1899. Vol I - Princeton Un  N. J.



A pesar de que esta zona estaba desprovista de bosques, en el interior de los cañadones era posible encontrarse con huemules. Una tropa de tres de ellos fue rápidamente despachada por el revólver de Hatcher y con su carne además de provisiones prepararon cebos envenenados para cazar algún felino. Lamentablemente el único envenenado fue su perro al que califica de bonachón aunque inútil, ya que se rehusaba a participar de las cacerías.  Densas humaredas dificultaron su tarea en esos días. Al parecer provenían de incendios de bosques provocados por los miembros de las comisiones de límites de Chile y Argentina, quizás con el objeto de despejar las zonas donde tenían que trabajar.

Regresando ya por el lago Ghio, Hatcher sufrió un fuerte ataque de reumatismo que le afectó ambas rodillas y brazos, además de producirle una intensa fiebre, de manera que tuvo que regresar en un carro. Durante 6 semanas Hatcher estuvo casi siempre en cama,  impedido de trabajar, y se mantenía gracias a los pacientes cuidados de  Colburn, pese al malhumor que mostraba Hatcher. Nunca pudo liberarse del todo de los dolores reumáticos que lo aquejaron hasta el final de sus días. ¿Quizás una venganza del Elal, el héroe mítico de los tehuelches y amigo de los animales?


TERCERA EXPEDICION

Pese a estos inconvenientes Hatcher obsesionado por el Pyrotherium realizó un tercer viaje, nuevamente acompañado por su cuñado  Peterson, y por Barnum Brown del American Museum of Natural History.

En enero de 1899 llegaron a Punta Arenas y desde aquí, vía San Julián,  iniciaron un nuevo viaje al lago Pueyrredón, en el que tampoco encontraron los yacimientos buscados, pero consiguieron una gran cantidad de invertebrados de los yacimientos santacrucenses, patagonienses y del cabo Buen Tiempo. Cerca del lago,  Hatcher vio un puma que corría trepando una barranca. “Como el terreno era abierto y yo montaba un buen caballo, parecía una excelente oportunidad y me decidí a perseguirlo. Aunque el animal me llevaba varios centenares de metros de ventaja,  rápidamente me acerqué, (...) Conocía la incapacidad de este animal, como los demás de su especie,  para mantener una velocidad considerable en distancias largas, y que una vez fuera de mi vista buscaría refugio para ocultarse antes que huir.” Hatcher descubrió al puma y obtuvo este ejemplar que fue descripto como una nueva subespecie: Puma concolor patagonica (Merriam, 1901) [actualmente Puma concolor puma].



PUMA

Brehm, A. E. , Schmidt, Dr. E. O.), y Taschenberg, E. L. – 1879-79 -   Brehms Thierleben : Allgemeine Kunde des Thierreichs. Leipzig 


Como señala Hatcher, la mayoría de los viajeros de la Patagonia han remarcado el carácter tímido del puma, incapaz de atacar al hombre que teniéndole acorralado puede arrimársele para matarlo a cuchillo o con las boleadoras. Sin embargo cita un relato de Theodoro Arneberg, Ingeniero Jefe de la División Sur de la Comisión Argentina de Límites: “Ocupado en su trabajo en vecindades del lago Viedma en otoño de 1898, caminaba un día por una densa masa de arbustos y pastos altos, cuando repentina e inesperadamente dio con un puma oculto. El animal no sólo no hizo ningún intento de escapar, sino que instantáneamente y sin advertencia, atacó al intruso de la manera más salvaje. Saltando sobre él con toda su fuerza, lo arrojó al suelo, aunque Arneberg es un hombre grande y fuerte, y el león aferrándolo por la mandíbula, logro romperle varios dientes y mutilando su comparativamente indefensa  víctima, antes que uno de sus compañeros pudiera abalanzarse y despachar a la bestia tan enojada, que, tras ser matada, se descubrió que era un macho muy viejo”.

Los exploradores siguieron hasta las fuentes del río Belgrano y luego descendiendo por el  Chico hasta el puerto Santa Cruz, donde abordaron el histórico transporte  "Primero de Mayo," con el que regresaron a Buenos Aires.  En bahía Camarones  vieron los restos del naufragio del Villarino, ocurrido en 1899, durante su 101º viaje al sur, cuando fue arrojado sobre las restingas de las  islas Blancas, destruyéndose totalmente. Según el relato de Hatcher : “Por un total descuido de sus oficiales, que, en lugar de atender sus deberes en la entrada al puerto, asistían al bautismo de un niño nacido  a bordo, el buque ingresó a toda velocidad contra el arrecife sumergido, literalmente desprendiendo su fondo hasta la mitad de su eslora.” Afortunadamente no se perdieron vidas humanas. Hoy día pueden verse algunos de sus restos en un monumento en la ciudad de Puerto Madryn.



Monumento con restos del  naufragio del Transporte Villarino - Puerto Madryn - Argentina
Foto de Alex Mouchard



ENTRE DARWIN Y HUDSON

Hatcher analiza al final de su relato las impresiones que la Patagonia produjo en dos grandes naturalistas: Charles Darwin y William Hudson, y sobre él mismo.

Darwin atribuía el profundo impacto recibido a lo desconocido de esa región al momento de su visita y de lo poco que se llegaría a conocer de la misma debido a lo difícil que sería habitarla.

Hudson, en cambio, afirmaba que a pesar de ser ya bastante conocida y transitada para su época, la Patagonia seguía produciendo un
peculiar interés y una gran impresión, permaneciendo más vívidamente en su mente que cualquier otra de sus experiencias de vida, y lo atribuía a la monotonía y la desolación del paisaje.


Forma rocosa producida por la erosión eólica

Scott, W. B. (Ed.) Reports of the Princeton University Expeditions to Patagonia. 1896-1899. Vol I - Princeton Un  N. J.



Y Hatcher con mayor interés científico concluye “Es verdad que estas llanuras son inhóspitas, que a lo largo de grandes regiones la maldición de la esterilidad es la única característica omnipresente, que la fauna  y la flora son pobres y poco diversas, que el opaco color pardo predominante presente en el paisaje por la escasa cobertura de hierba seca y achaparrada es monótona y poco propicia para producir entusiasmo en alguien con gran  temperamento artístico, que, en su mayor parte, estas llanuras permanecen aun inhabitadas y son mayormente inhabitables. ¿Pero acaso estos hechos no le otorgan a esta región un cierto interés? (...) Es una mente opaca, realmente, la que puede contemplar sin interés estas vastas, casi ilimitadas planicies, sin igual en el mundo (...) no conozco ninguna otra cosa que me produzca más pena que verme forzado a abandonar la esperanza de visitar nuevamente la región.”

Alex Mouchard




¿QUIÉN ERA JOHN BELL HATCHER?





Nacido en 1861 en Cooperstown, Illinois, E.E.U.U., en una familia granjera, trabajó como minero en Cooper, Iowa, donde se despertó su interés por la paleontología. Estudió en la Universidad de Yale, siendo alumno del famoso geólogo James Dwight Dana y donde conoció al paleontólogo Othniel C. Marsh, del Peabody Museum,  quien lo nombró su asistente. Realizó un gran trabajo de recolección de fósiles en el oeste norteamericano, por lo que Marsh lo llamaba el “rey de los colectores”, aunque no le permitía publicar sus hallazgos. Contrariado, Hatcher renunció y  obtuvo un nuevo trabajo como curador de paleontología de vertebrados en la Universidad de  Princeton en 1893, bajo las órdenes de William B. Scott.

En Princeton concibió, planificó y obtuvo fondos para las tres expediciones a la Patagonia. En estos viajes obtuvo una gran colección de mamíferos del mioceno que constituyen uno de los pilares de la colección paleontológica de  esa universidad. A pesar de sus diferencias con Marsh le dedicó el volumen de la narrativa del viaje que redactó.

Tras esos viajes Hatcher se alejó de Princeton por un supuesto mal trato inmerecido y entonces se trasladó  al Carnegie Museum of Natural History donde  fue nombrado curador de paleontología y osteología.

En 1904 falleció de fiebre tifoidea. Su tumba en el cementerio
 Homewood de Pittsburgh, permaneció sin identificación hasta 1995, cuando la Society of Vertebrate Paleontology colocó una lápida con su nombre y la imagen de uno de sus descubrimientos, el Torosaurus.
En su honor se nombró el cerro Hatcher en el departamento río Chico de la provincia argentina de Santa Cruz, ya que sus investigaciones permitieron establecer la discrepancia entre la línea de las cumbres más altas y la divisoria de aguas, concepto que fue utilizado para la determinación del límite entre Argentina y Chile.

Hombre de gran modestia, honestidad y capacidad de sacrificio personal es considerado uno de los más relevantes colectores paleontológicos, actividad que convirtió en un “fino arte”, según palabras de W. B. Scott.






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REFERENCIAS

Hatcher, J. B. – 1903 - Narrative and Geography - En
Scott, William B. (Ed.) Reports of the Princeton University Expeditions to Patagonia. 1896-1899. Vol I - Princeton University-  Princeton, N. J.

Rea, Tom – 2004 - Bone Wars: The Excavation and Celebrity of Andrew Carnegie's Dinosaur. University of Pittsburgh Press - 288 páginas.

Simpson, John Gaylord – 1984 – Discoverers of the lost world – Yale U.P

Wallace, David Rains – 2004 - Beasts of Eden: Walking Whales, Dawn Horses, and Other Enigmas of Mammal Evolution. University of California Press, 2004 - 368 páginas

sábado, 13 de diciembre de 2014

EL MACAGUÁ O GUACO: UN HALCON QUE RÍE (Herpetotheres cachinnans)


Acauã vive cantando
Durante o tempo de verão
No silêncio das tardes agourando
Chamando a seca pro sertão
Ai, acauã, teu canto é penoso e faz medo
Te cala, acauã
Que é pra chuva voltar cedo
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Acauá – canción de  Zé Dantas

[Acauã vive cantando / durante el  tiempo de verano/ augurando en el silencio de la tardes/ llamando a la sequía para el sertón/ ¡Ay, acauá!, tu canto es doloroso y causa miedo./ Cállate, acauá, / para que la lluvia vuelva pronto.]


Guaco
Foto de W. Beebe – 1905 - Two Bird-Lovers in Mexico



EL ULTIMO NATURALISTA

De alguna manera la historia del guaco se asocia con uno de los últimos naturalistas del siglo XX: Alexander Frank Skutch, uno de esos raros ejemplos en que el objeto de estudio del científico se transforma en su lugar en el mundo y en un compromiso de vida.


Alexander Frank Skutch
http://wvw.nacion.com/proa/2005/noviembre/06/reportajes1.html


Skutch fue uno de los últimos naturalistas de vieja estirpe que durante el siglo XX fue cediendo espacio a los nuevos científicos de la biología. Él mismo se encargó de señalar la diferencia: el triunfo del científico “es resumir sus observaciones en un claro gráfico o en una fórmula matemática ... Para el verdadero naturalista, la experiencia concreta de vivir las cosas en su ambiente natural es al menos tan valiosa como cualquier generalización o ley que pueda extraer de sus observaciones”.

Su obra cumbre es  “Life Histories of Central American Birds” (1954), en tres volúmenes, la que lo consagró como uno de los más importantes ornitólogos de la avifauna centroamericana. En su muy interesante libro “A Naturalist in Costa Rica” nos cuenta además sus experiencias de vida en ese país que adoptó como nueva patria.

Norteamericano  de nacimiento, estudió botánica en la Johns Hopkins University y sus primeros trabajos de campo en Jamaica, Honduras y  Panamá le hicieron comprender que si bien ya se conocía mucho de la diversidad de aves de Centroamerica, era muy poco lo que se sabía sobre su comportamiento. Y por eso decidió dedicar su vida a llenar ese gran vacío del saber ornitológico.

En medio de la Gran Depresión de los años 1930 se le hacía difícil conseguir fondos para financiar sus viajes de estudio, pero gracias a su formación botánica observó que vendiendo ejemplares para herbarios podía obtener buenos recursos para dedicar a las aves. Tras varios años herborizando, logró dedicarse exclusivamente a la ornitología adquiriendo una pequeña granja en Costa Rica donde residió hasta su muerte.


Los Cusingos
Foto Skutch, Alexander F. – 1971 - A naturalist in Costa Rica.

En esa época Costa Rica aún no estaba mayormente afectada por  problemas ambientales como después ocurrió, especialmente a causa de los desmontes. Después de trabajar en la zona de San Isidro y Rivas, se estableció en el valle de  El General, cerca de la localidad de El Quizarrá, donde inicialmente vivió sólo durante  9 años. En  1950 se casó con Pamela, hija del botánico inglés Charles H. Lankester. No tuvieron hijos pero adoptaron a Edwin, el hijo de uno de sus peones, quien lo ayudo en su trabajo de campo con las aves.

En la selva tropical, la sede principal de la vida terrestre, según Skutch, encontró reflejados los diversos aspectos de la vida humana: la belleza, la paz, la lucha y la violencia, la variedad y también el aburrimiento y la opresión. Un “epítome de la vida humana”.

Cuando se estableció en El General en 1935, el lugar estaba mayormente intacto. Había muy pocos habitantes y grandes extensiones de selva virgen, aunque los grandes mamíferos como el yaguareté, el puma, y el tapir ya se habían retirado de la zona. Pero la población se multiplicó por diez, aumentó el comercio, el tránsito automotor, comenzaron los desmontes masivos para instalar cultivos y pasturas. La selva fue destruida en poco tiempo con el consiguiente lavado de la tierra y la necesidad de aplicar agroquímicos, agravando los problemas.

Sólo permanecía intacta la Cordillera de Talamanca, que Skutch propuso para parque nacional y que afortunadamente hoy constituye el Parque Internacional La Amistad,  Patrimonio de la Humanidad (Unesco) y que abarca casi 200.000 ha conservando valiosas especies de la flora y fauna.

Volvamos a escuchar las vigentes y acertadas palabras de Skutch sobre el tema de la conservación y el control de la población: “Aunque mucho se ha perdido, mucho también se ha salvado, que, de otra forma hubiera desaparecido (...) y de las cosas que se han ido , algunas han sido preservadas, aunque imperfectamente, en la memoria y en los escritos con los que he tratado de inculcar en otros el interés y la belleza (...) Tendremos que considerar la posibilidad de que a través de toda su existencia, este  planeta puede soportar sólo una cantidad limitada de seres humanos, de modo que cuanto mayor sea la cantidad de personas que vivan hoy, consumiendo sus recursos, menor será la cantidad que pueda soportar en el futuro. (...) Una gran dificultad es que las ciudades y las naciones han crecido tanto que sus problemas desafían nuestras pequeñas mentes y nuestros reducidos recursos.”


Skutch a caballo
Foto Skutch, Alexander F. – 1971 - A naturalist in Costa Rica. 


Como muestra de su coherencia intelectual digamos que renunció a vivir con corriente eléctrica  para no tener que cortar un sector de bosque por donde tenían que tender los cables. De la misma forma evitó capturar aves para sus estudios: “Con excepción de uno que otro gavilán que estaba persiguiendo gallinas, no he matado ni un solo pájaro”, criticando a un  colega que había matado cien colibríes para obtener datos estadísticos.  “¿Qué es más importante? ¿Ver la armonía de la naturaleza con otros seres vivos, lo que yo llamo bondad, o tener datos científicos? (...) Como yo lo veo, es tan importante la vida de un animal si es el último de su especie como si es uno entre un millón.”

De carácter introvertido y pacífico,  pese a sus ideas, Skutch no participó activamente de los movimientos conservacionistas, quizás por su rechazo a concurrir a las grandes ciudades. Al respecto decía “el hombre hace un aporte importante a la naturaleza con solamente la apreciación. La conservación y la protección, sin la apreciación, no valen mucho, pero la verdadera apreciación siempre incluye la idea de proteger”. Las ideas filosóficas de Skutch, seguidor del positivista Herbert Spencer, son reconocidas también como parte del patrimonio cultural de Costa Rica. Además debemos mencionar que escribió algunas novelas y un cuento para niños.

Alexander Skutch falleció en 2004, pocos días antes de cumplir los 100 años. Sus restos descansan en su finca llamada Los Cusingos (nombre común del tucán Pteroglossus frantzii) junto  a los de su esposa Pamela.




EL HALCON GUACO

Macaguaes
Storni, J. S. – 1940 – Hortus guaranensis. La Fauna. Tucumán.



Pero nuestro blog trata también de otros animales, y en este caso se trata del Pájaro Guaycurú o Halcón Guaco a quien Skutch dedicó un capítulo: “El cazador de serpientes”.

Asegura que el más renombrado cazador de serpientes es el llamado Halcón Reidor (Laughing Falcon) en los libros, pero al que la gente del pueblo llama  Guaco porque ese nombre representa su inquietante  y obsesivo canto. Skutch lo describe como fuerte, hueco, incansablemente reiterado:  ¡wah-co, wah-co, wah-co!. A diferencia de algunos que lo comparaban con un grito de un hombre agonizando, lo considera de un profundo e inescrutable misterio, sobre todo porque se escucha más a menudo en el crepúsculo nocturno, cuando el pasaje se desvanece en un conjunto de formas sombrías y vagas. A veces va precedido de un grave; ¡ha ha ha!, la risa gutural que le dio su nombre científico (ver más adelante “Los nombres del Guaco”)

El naturalista le pagaba a los chicos del lugar para que le indicaran donde había nidos de ciertas aves que le interesaban. Una tarde con uno de ellos, Lalo, de 12 años, vieron cruzar un guaco con una serpiente en las garras. Lo siguieron a través de un cañaveral, un cultivo de bananas y un arbustal lleno de enredaderas, hasta que se detuvo en la rama de un  burío (Heliocarpus appendiculatus). Allí entregó la presa a su hembra y tras algunas voces apagadas, regresó a la selva. La hembra se introdujo en una cavidad a 30 m de altura donde estaba el nido con las crías.

Skutch se mantuvo al acecho en los días subsiguientes “Habían sido durante tiempo aves tan misteriosas que yo estaba doblemente ansioso por correr el velo de ignorancia que ocultaba los secretos de sus vidas”.

Pudo observar una nueva entrega de una víbora de coral a la hembra seguida de una ceremonia de canto triunfal: la famosa risa ¡how how how!, seguida luego del fuerte  ¡wac wac wac!, que continuaron ambos durante varios minutos, “proclamando a todos los escuchas que otra serpiente había caído víctima de la habilidad de los halcones.”

Mientras la hembra permanecía con la serpiente en el pìco a la entrada del nido “inmóvil como la estatua de un monumento a la supremacía del halcón sobre la serpiente”, un pichón cubierto de plumón se asomó.  Pero la madre permaneció dos horas y media (¡) en esa posición hasta que finalmente dejó caer la serpiente dentro del nido.  Y más tarde empezó a despedazarla y alimentar la cría.

Notemos que Skutch pasó desde la mañana temprano hasta el anochecer observando el nido, lo que indica su gran concentración en esta tarea de observar y  obtener datos sobre el comportamiento de las aves.

Acauá
Goeldi,E.A. -1900-1906 -Álbum de Aves Amazônicas



“Extendida por toda  América Tropical existe una enredadera retorcida con unos densos racimos de flores verdosas y grandes hojas ovales que, cuando crecen en la sombra, tienen un hermoso color verde aterciopelado en el haz y  marcas de un intenso púrpura por debajo. Esta planta, miembro de la familia de las compuestas, es conocida por los botánicos como Mikania guaco, y llamada por el pueblo hoja de guaco y se la considera un eficaz remedio para la picadura de víbora. Se dice que el guaco, herido en un encuentro con una serpiente venenosa, come de estas hojas y se cura. Es interesante que un mito similar haya surgido sobre otro matador de serpientes de una clase muy  diferente, que vive en el otro lado del, mundo, la mangosta de la  India. Pero hay escasa evidencia de que tanto el conquistador de serpientes aviario como el mamífero puedan salvar su vida de otra forma que evitando los dientes de su adversario.”

Mikania guaco
Descourtilz, M.E., Flore médicale des Antilles, vol. 3: t. 197 (1827) 


Mikania glomerata o guaco es una liana de América Tropical, conocida como hierva de serpentes en Brasil porque los indígenas la utilizan para tratar las picaduras de serpientes venenosas, en forma de cataplasma. Estudios de laboratorio han de mostrado que el extracto de la raíz reduce La hemorragia producida por el veneno de Bothrops (yararás) en ratas y el edema causado por picadura de Crotalus (víbora de cascabel), asimismo la savia reduce  la actividad coagulante de dichos venenos.

Una de las tardes que Skutch dedicó a observar el nido se percató que un animal estaba trepando el tronco del burío. Enseguida reconoció que se trataba de un tayra  (ver nuestra entrada del 02 Nov 2014). A pesar de que el predador seguía avanzando, la madre guaco parecía no notar su presencia, sólo cuando estaba llegando al borde del nido, se lanzó la hembra contra la tayra que la recibió gruñendo y mostrando los dientes. Dado el curso de los acontecimientos Skutch decidió romper el compromiso que toma cualquier biólogo, de no intervenir para no alterar el curso de los sucesos naturales. Pero se dio cuenta que no tenía ningún arma ni objeto que pudiera arrojar al predador, sólo le quedó gritar y agitar los brazos con lo que el tayra bajó al suelo. Sin embargo volvió a insistir, acompañado de su pareja, para ser nuevamente asustada por los gritos de Skutch que se habías sacado la camisa y la agitaba frenéticamente. Luego siguió observando al para comprobar si había conseguido salvar al pichón. Pero, ante la desilusión del naturalista, la hembra, que había quedado en una percha cercana, de improviso voló hasta el nido y levantó con el pico el cuerpo inerte de su cría, muerta por el tayra, lo dejó caer acierta distancia y tras contemplarla un par de minutos, empezó a despedazarla y a comérsela.  

“La criatura que había traído al mundo tras semanas de paciente incubación, dándole calor con el calor de su cuerpo, y cuidada continuamente día y noche, se había transformado para ella  –ahora que su chispa vital se había extinguido- en lo que realmente era, un trozo de carroña sin vida, un pedazo de materia orgánica, cuya única utilidad era proporcionar alimento a algún otro animal vivo. ¿Por qué no a ella que le había dado la vida, antes que a la destructora tayra ...? ¿Por qué el guaco no podía seguir siendo guaco, antes que transformarse en tayra?”. Analizándolo científicamente el sacrificio heroico de la madre guaco, que por otra parte carecía de armas suficientes para enfrentar al tayra, no hubiera tenido sentido biológico. Era mejor que se preservara para poder criar otro pichón en otra oportunidad.

Macagua rieur
Chenu,J.C. y Desmarest,E. 1851-1860 - Encyclopédie d'histoire naturelle. Paris :Maresq


Cuando después de un tiempo regresó el macho con una nueva presa, de alguna manera, mediante suaves vocalizaciones, la hembra le informó que la cría ya no existía. Entonces ambos se alejaron volando hacia un alto árbol, donde la hembra comió un poco y luego, en la luz crepuscular, ambos lanzaron su canto de triunfo. “El misterioso canto transportado lejos,  sobre el adormecido valle,  proclamaba ampliamente que, aunque un tayra podía matar un guaco pichón, la especie de los guacos aún era vigorosa y fuerte y necesitaría más y más serpientes para alimentarse.”


LOS NOMBRES DEL GUACO (Herpetotheres cachinnans)

La voz del guaco es impresionante y ha dado lugar a la aplicación de varios nombres comunes de índole onomatopéyica, así como al surgimiento de varias leyendas.

Linné, habiendo desarrollado su sistema de clasificación, se sintió obsesionado por clasificar cuanto ser vivo llegara a su conocimiento. Así, como es sabido, envió a los cuatro puntos cardinales a varios discípulos suyos, los famosos “apóstoles de Linné”, para que le trajeran ejemplares de plantas y animales de las más remotas regiones. Uno de ellos, Daniel Rolander, fue enviado a Surinam, la Guayana Holandesa, con el principal objetivo de herborizar. Rolander registró sus observaciones en un manuscrito, el “Diarium Surinamicum”, que recién se publicó después de su muerte.

Este es su relato: “Si vagas por las oscuras sombras de las selvas, escucharás risas burlonas en ciertos lugares, -el tipo de burlas que hacen los miserables o aquellos que ríen sardónicamente o incluso los locos. (...) identificamos al ave que produce este tipo de risa, que hasta entonces nunca había podido ver o dispararle. Hoy, mientras caminaba por la selva cerca de nuestro alojamiento,  nuevamente escuché éstas burlonas salvas, que mi compañero aseguró venían del ave que ellos llaman vitlacker, es decir: el burlón. La gente odia a esta ave por dos razones: primero porque persigue y mata gallinas y palomas domésticas; segundo porque grita fuertemente a cualquiera que viene a espantarlo cuando se ha posado o acecha a su presa. Hoy uno estaba posado en la punta de un tronco tratando de tragar una serpiente que tenía en sus garras. Mientras nos acercábamos, voló a la punta de un árbol alto, para reirse de nosotros. Pero antes de que pudiera hacer “pi”, una bala de plomo lo atravesó y lo hizo caer muerto al suelo. Un pico curvo, pies con tres dedos hacia adelante y uno hacia atrás, así como la cabeza cubierta de plumas y la forma de vivir cazando, indican suficientemente que es un halcón, al que he llamado Falco cachinnans en referencia a su risa.”

Linné pues introdujo al guaco en el mundo científico con el nombre que le dio Rolander y que proviene del verbo latíno cachinnare, “reir a los gritos”. Y acotó “Lanza una risa a gritos al ver a un hombre”.

Macagua
Vieillot, L. J. P. – 1817 - Nouveau dictionnaire d'histoire naturelle



Más  tarde, Vieillot, comprendiendo las diferencias que tenía con los demás halcones especialmente por sus alas cortas, lo ubicó en un nuevo género Herpetotheres: 'cazador de serpientes', del griego herpeton: serpiente, reptil, y theras: cazador.  Y justifica el nombre porque  “los macaguas viven en los bosques que bordean las sabanas inundadas  y los bañados, y se posan en las ramas secas y altas, lo que hace sospechar que se alimentan de ranas, lagartos y otros reptiles”. Vieillot indica también que en las tierras de Cayena (Guyana) le dicen pagani, pero este es un nombre genérico para muchas rapaces.

En Yucatán el nombre local es koss y por su canto ocupa un lugar importante en las leyendas. Así lo describe el ornitólogo Frank Chapman:  “Las voces de este halcón son las más humanas y sobrenaturales en carácter que las de cualquier otra ave que haya oído. El primer individuo que observé estaba posado en un árbol que crecía en lo alto de un templo maya. Desde esa atalaya se burlaba de mí con una risa verdaderamente maníaca hasta que llegué a distancia de disparo. Y entonces, con una fuerte risa contenida, huyó volando. No escuché más este llamado, pero uno aún más sobrenatural se escuchaba cada noche y cada mañana  de varios individuos de esta especie que vivían cerca de las ruinas. Están descriptos en mi diario como parecido al grito de un hombre en medio de un gran dolor, y terminando en un agonizante y largo grito. Era indescriptiblemente horroroso, y finalmente se hacía tan desagradable que con gusto hubiera transformado a cada Herpetotheres cercano a la hacienda en un espécimen de museo.”

En Tabasco (México) se le dice pájaro vaquero, por la semejanza de sus gritos con los que emplean los vaqueros al arriar las reses al redil. En Veracruz se lo conoce como llamanorte porque según los pobladores cuando canta posado en una rama verde anuncia lluvias  o “nortes”, pero si se posan en árboles secos, indican buen tiempo. Esta misma creencia se tiene en el nordeste brasileño.

En la mitología e iconografía maya se consideraba que el Dios Pájaro Principal a veces sostiene una serpiente en el pico, y quizás sea una representación del halcón guaco tal como se ve en muchas piezas de cerámica.

Los nativos de Guatemala le llaman guansi. En Nicaragua le dicen cuervo de lluvia porque grita después de la caída del sol, cuando suele llover. Totalmente opuesta es la creencia brasileña donde, como refleja la canción que elegimos como epígrafe, anuncia la sequía en el sertón nordestino.

Para los ticos y otros pueblos centroamericanos es el halcón guaco. Para los indios huetares, el guaco los protegía especialmente de las serpientes venenosas porque visitaba  las cuevas en su  busca. Creían que el guaco era un mensajero de Dios y que su canto era la señal de una nueva vida o de una muerte.

En El Salvador se le llama halcón guas, guaz o guaxe, nombre de origen nahuatl. El guaz indica con su presencia el inicio o el fin del verano y del invierno. Para la población nativa “el paso de los guaces” indicaba cuándo sembrar, al caer las primeras lluvias, y cuándo cosechar, al comenzar el verano.

En Ecuador se lo conoce como valdivia y los campesinos la consideran de mal agüero creyendo que con su canto dice  “¡hueco va, hueco va!”, anunciando la muerte de una persona cercana.

En Brasil, donde recibe el nombre tupí de acauá,  acaná o cauá (acá: decidido, y el sufijo dando la idea de peleador, pendenciero). Su grito es considerado tanto de buen como de mal augurio, según la región. En el Amazonas anuncia la llegada de forasteros. En la zona de Minas Geraes se cree que su canto dice “Deus-quer-um” (“Dios quiere uno”), como anunciando la  muerte de alguien de la casa.  Para otros señala  la buena fortuna.  Los indios lo denominan guira jeropari que significa demonio, y se cree que sus huevos son aplastados por el diablo. En el cuento “Acauá”, de Inglés de Souza, es un ave-demonio que hechiza a la hija del protagonista y termina convirtiéndola en ave.

En Paraguay se lo conoce como macaguá, nombre quizás derivado de acauá, y según Félix de Azara “así le llaman, porque canta con claridad su nombre en libertad”. El Padre Nicolás del Techo describe las luchas del macaguá  con las serpientes: “Es digno de ver un combate entre estos animales; el ave se defiende con el pico y las alas; la serpiente ondula en el agua para buscar un lado vulnerable y evitar los golpes de su enemigo.” Y cuando las aves se ven heridas por el ofidio “comen la yerba llamada macaguá, que les sirve de antídoto”.

Y el padre Montenegro escribe de la misma hierba: “escribe de ella el Padre Montoya, de donde es sacado su eptimología, que es nombre de un pájaro llamado Macaguá, el cual haciendo harnés, ó escudo de su ala pelea con la vívora hasta matarla, dándole fuertes picotasos por entre las plumas, y sintiéndose herido acude luego á comer la yerba, la cual le sirve de cura, y antídoto contra la maliciosa ponzoña de su contrario, y vuelve á la pelea, si acaso no quedó del todo muerta, y al instante se la traga entera, sin reserbar cabeza ni cola, con que se sustenta, y acaba de curar lo interno de sus entrañas de la venenosa cualidad fria de su veneno. Comidas sus ojas verdes como una cuarta de ellas, luego que pica la vívora, y asi mismo mascada y aplicada á la mordedura, queda, sin lesión y sin accidentes el herido”. En efecto Montoya relató que el ave se alimenta de serpientes como la yarará y la mboipoi, y luego de comer busca para curarse la hierba llamada caá macaguá (hierba del macaguá), isipó morotí o macaguá isipó (Cissampelos pareira). Esta es una trepadora de América Tropical que en otras regiones tiene los nombres comunes de abuta, hierba de la víbora, alcotán y huaco blanco. Tiene amplio uso en la medicina popular: las tribus ketchwa de Ecuador usan la decocción de las hojas contra la picadura de víbora. En el Perú se emplean con el mismo fin las semillas.

Caá macaguá
Montenegro, H. Pedro de – 1945 – Materia Médica  Misionera 


Según Alcides d’Orbigny los indígenas de Santa Cruz  y Moxos (Bolivia) tienen “la idea que el grito del macaguá anuncia, infaliblemente, la llegada próxima de una piragua proveniente de países alejados; así, sin otro indicio que ese, se reúnen enseguida en el puerto para esperar a los viajeros. Aunque muy a menudo engañados por su absurda creencia, no por eso la abandonan desde hace siglos.” Como bien razona el naturalista francés, dado que es un ave que empieza a gritar ni bien divisa animales u hombres que se le acerquen, es probable que de allí haya salido la superstición. Los indígenas yuracares del Beni le llaman biyo y en Santa Cruz se le dice macono.

En el litoral argentino se lo conoce como pájaro guaycurú o pájaro del indio. Ignoramos de dónde proviene el primer apelativo. Los guaycurúes eran una etnia que vivía en  la región del Gran Chaco, El nombre guaycurú proviene del guaraní gua: gente;  ai: malo, falso, traidor, y curú: sarna o suciedad de la piel. Era una designación peyorativa  que daban los guaraníes a estos pueblos que consideraban  bárbaros o salvajes. Hemos visto que ciertos diseños de pintura facial que utilizan en sus danzas los qom, uno de los grupos guaycurúes que han sobrevivido hasta nuestros días, semejan la cara del ave con su antifaz negro sobre fondo blanco.

Tobas bolivianos danzando
www.danzastobas.com


Los qom lo designan como wa’qao que parece ser onomatopeyico. Cuando canta en primavera, en tiempo de sequia y viento norte, interpretan que está en conformidad con ese clima, pero si lo hace a destiempo significa que está por venir el viento norte. En general lo consideran de buen augurio.

Alex Mouchard 


REFERENCIAS

Arenas , Pastor y  Porini, Gustavo -2009- Las aves en la vida de los tobas del oeste de Formosa, Argentina. 281pp. Editorial Tiempo de Historia.

Artera Vargas, Germán - - Las aves en las creencias populares. http://www.eluniverso.com/

Beebe, C. William – 1905 - Two Bird-Lovers in Mexico. Boston and New York: Houghton, Mifflin and Company.

Chapman, Frank M. – 1896 - Notes on Birds Observed in Yucatan.  Bulletin American Museum of Natural History. Vol. 8.

Chinchilla Mazariegos, Oswaldo Fernando y Coe,  Michael D. -2005 - Imágenes de la mitología maya. 255 pp. Museo Popol Vuh.

Hilje, Luko – 2004 - Alexander Skutch: ¿el último gran naturalista? -  Manejo Integrado de Plagas y Agroecología (Costa Rica) No. 72 p.1-9.

Linnæus, C. 1758. Systema naturæ per regna tria naturæ, secundum classes, ordines, genera, species, cum characteribus, differentiis, synonymis, locis. Tomus I. Editio decima, reformata. – pp. [1–4], 1–824. Holmiæ. (Salvius)

Montenegro, H. Pedro de – 1945 – Materia Médica  Misionera - Buenos Aires: Imprenta de la Biblioteca Nacional.

Skutch, Alexander F. –1954 a 1969- Life Histories ot Central American Birds. Berkeley, California : Cooper Ornithological Society.

Skutch, Alexander F. – 1971 - A naturalist in Costa Rica. 378 pp. Florida : University of Florida Press.

Souza, Inglês de -2005. [1893]- Acauã. En Contos amazônicos. 3a ed. São Paulo: Martins Fontes.

Storni, J. S. – 1940 – Hortus guaranensis. La Fauna. Tucumán.

The IK Foundation & Company - The Linnaeus apostles: Pehr Löfling – Daniel Rolander – Vol 3 - http://www.ikfoundation.org/ibooks/ibooks.php. Bamberg, Germany.


Vieillot, L. J. P. – 1817 - Nouveau dictionnaire d'histoire naturelle, appliquée aux arts, à l'agriculture, à l'économie rurale et domestique, à la médecine, etc. Vol 18 p. 317 Paris: Chez Deterville.